Washington D.C., 28 dic.- En la noche cálida y húmeda del 26 de julio de 1952, el teniente William L. Patterson, del 142° Escuadrón de Interceptores de Caza, recibió la orden de interceptar objetos desconocidos que surcaban el espacio aéreo de la Casa Blanca y el Pentágono, en un episodio que se convertiría en uno de los más famosos de la historia de los avistamientos de ovnis en Estados Unidos.

Patterson y su compañero, el capitán John McHugo, despegaron en sus jets F-94 desde la Base Aérea de New Castle, Delaware, rumbo a objetivos que los radares de Washington y la Base Aérea Andrews no podían identificar. A 20.000 pies, Patterson observó cuatro luces brillantes que no parpadeaban ni se movían como aeronaves convencionales, desafiando toda explicación conocida.

Los radares registraban cómo los objetos aceleraban, retrocedían y giraban a 90 grados de manera imposible para cualquier avión. Durante casi una hora, Patterson intentó acercarse a ellos, sin éxito, antes de regresar a la base con poco combustible. Los controladores de radar confirmaron que objetos metálicos sólidos aparecían en múltiples instalaciones, incluyendo operadores civiles y militares, así como pilotos comerciales que reportaron luces en el cielo.

Este fenómeno histórico, conocido como el “Washington Flap”, se produjo en un contexto de alta tensión: la Guerra de Corea continuaba, la paranoia roja dominaba la opinión pública y 1952 fue un año récord en avistamientos de ovnis en EE.UU. La cobertura mediática alimentó la histeria, con titulares como “Platillos invaden la capital” y reportes de luces que desafiaban las leyes de la física, atrayendo incluso comentarios de Albert Einstein.

El Proyecto Blue Book, liderado por el capitán Edward Ruppelt, investigó el caso y, aunque se reconocieron inversiones térmicas como posibles explicaciones para algunos radares, los objetos fueron clasificados oficialmente como “desconocidos”, sin una causa determinada. Más de 70 años después, aún persiste el misterio sobre lo que Patterson y otros pilotos vieron en los cielos de Washington.

Hoy, los esfuerzos oficiales por investigar fenómenos aéreos no identificados se realizan a través de la Oficina de Resolución de Anomalías de Todos los Dominios (AARO) del Departamento de Defensa. Organizaciones como Americans for Safe Aerospace siguen recibiendo reportes de pilotos sobre UAP (fenómenos aéreos no identificados), destacando la importancia de crear un estándar global de reporte que permita comparar y analizar los encuentros de manera científica y segura.

El testimonio de Patterson, respaldado por radares y pilotos, sigue siendo un referente en la aviación estadounidense. Según Ryan Graves, fundador de Americans for Safe Aerospace, “los pilotos continúan enfrentando lo inexplicable, y la falta de contexto y protocolos adecuados convierte cada encuentro en un riesgo potencial”. En 2025, la organización registró más de 700 reportes de UAP, el número más alto hasta la fecha, lo que refleja un creciente interés y preocupación por estos fenómenos aéreos.

El caso de Washington en 1952 no solo marcó la era moderna de los avistamientos de ovnis, sino que también dejó un legado de misterio y vigilancia aérea que sigue vigente más de siete décadas después, mientras la aviación y el gobierno buscan comprender los fenómenos inexplicables que surcan los cielos estadounidenses.

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