Tensiones entre Sudáfrica y Estados Unidos marcan el traspaso de la presidencia del G20 en Johannesburgo

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JOHANNESBURGO, Sudáfrica, 22 nov.— La presidencia del G20 pasó formalmente de Sudáfrica a Estados Unidos tras una serie de roces diplomáticos que se intensificaron durante la cumbre celebrada en Johannesburgo, en un ambiente marcado por desacuerdos protocolarios, ausencia de altos delegados estadounidenses y un contexto internacional de creciente presión por la crisis climática.

El conflicto comenzó cuando el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa se negó a entregar la presidencia del grupo a un diplomático estadounidense de menor rango, al considerar que ello violaba las normas tradicionales de representación en ceremonias multilaterales.
Desde Pretoria se enfatizó que el traspaso debía hacerse a una figura designada directamente por el Ejecutivo de Washington, no a un encargado de negocios ni a un funcionario de segunda línea.

Según explicó el ministro de Relaciones Internacionales, Ronald Lamola, Estados Unidos había presentado su solicitud de representación formal fuera de plazo, lo que llevó a Sudáfrica a programar la ceremonia para el lunes siguiente en la sede ministerial, con presencia de funcionarios intermedios. Aun así, Lamola insistió en que Washington podía corregir la situación enviando “a una persona del nivel adecuado”, subrayando que la dignidad del G20 debía mantenerse sin excepciones.

El ambiente se tensó todavía más porque el presidente Donald Trump no asistió a la cumbre ni envió a un funcionario de alto rango designado exclusivamente para el traspaso.
El portavoz presidencial sudafricano, Vincent Magwenya, respaldó esta postura y recordó que Sudáfrica había comunicado su decisión “de manera clara, pública y formal”, señalando que jamás en la historia del G20 se había realizado una entrega a una autoridad diplomática menor y que Pretoria no sería quien inaugurara semejante precedente.

Los desencuentros se desarrollaron en paralelo a la negociación de la declaración final del encuentro, un documento que —según Reuters— fue elaborado sin la participación de la delegación estadounidense.
El texto incluyó referencias contundentes a la gravedad del cambio climático, la necesidad de impulsar energías renovables y la urgencia de atender la vulnerabilidad de países altamente endeudados, empleando términos que la administración Trump había rechazado en ocasiones anteriores.

En su discurso inaugural, Ramaphosa defendió la importancia del multilateralismo y agradeció el compromiso de los miembros del G20 en un momento en que, por primera vez en la historia, África asumía la presidencia del grupo. Destacó, además, que la declaración adoptada reflejaba los intereses colectivos de las economías representadas, pese a la ausencia de Estados Unidos en su redacción final.

A lo largo de toda la cumbre, la presidencia sudafricana sostuvo una línea de defensa firme de la equidad internacional y del respeto al protocolo diplomático, reiterando que no haría concesiones excepcionales. El traspaso finalmente se efectuó en un marco institucional más sobrio de lo habitual, pero preservando las normas que Pretoria consideró esenciales para la dignidad del organismo.

La cumbre dejó ver no solo las fisuras diplomáticas entre Washington y Pretoria, sino también la creciente determinación de las naciones africanas de desempeñar un papel más activo y autónomo en la gobernanza global.

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