Teherán, 28 de febrero de 2026. El ayatolá Ali Khamenei, líder supremo de la República Islámica desde 1989, murió este sábado tras un ataque aéreo contra instalaciones estratégicas en la capital iraní, según confirmó el propio régimen. Su fallecimiento marca el final de una era caracterizada por la consolidación de un poder teocrático absoluto, la represión interna sistemática y una política exterior basada en la expansión de influencia mediante milicias y aliados armados en Medio Oriente.
Khamenei fue durante 36 años el verdadero centro del poder en Irán. Aunque el país cuenta con un presidente electo, la Constitución otorga al líder supremo autoridad directa sobre las Fuerzas Armadas, la Guardia Revolucionaria, el Poder Judicial, la radiotelevisión estatal y los principales órganos de seguridad. En la práctica, ninguna decisión estratégica —militar, diplomática o nuclear— escapaba a su aprobación.
Nacido en 1939 en Mashhad, en el seno de una familia clerical, fue discípulo del fundador de la República Islámica, Ruhollah Khomeini. Participó activamente en la oposición al Shah y fue detenido en varias ocasiones antes de la Revolución Islámica de 1979. Tras la caída de la monarquía, escaló posiciones en el nuevo régimen hasta convertirse en presidente en 1981 y, posteriormente, en líder supremo tras la muerte de Khomeini en 1989.
Desde ese cargo rediseñó el equilibrio interno del sistema para concentrar poder en torno a su figura y a la doctrina del “gobierno del jurista islámico”. Fortaleció especialmente a la Guardia Revolucionaria, transformándola no solo en un brazo militar ideológico, sino también en un actor económico con fuerte presencia en sectores estratégicos del país.
Su gestión estuvo marcada por una dura represión de la disidencia. Las protestas estudiantiles de 1999, el Movimiento Verde de 2009 tras denuncias de fraude electoral y las manifestaciones masivas desencadenadas en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini fueron respondidas con arrestos masivos, ejecuciones y el uso de fuerza letal. Organizaciones de derechos humanos denunciaron durante años miles de detenciones arbitrarias y condenas a muerte bajo su mandato.
En el plano internacional, Khamenei promovió una estrategia regional de confrontación indirecta con Israel y Estados Unidos. Bajo su liderazgo, Irán consolidó el llamado “Eje de la Resistencia”, respaldando a Hezbollah en Líbano, a Hamas en Gaza y a milicias chiíes en Irak y Siria. Estas alianzas ampliaron la influencia iraní, pero también profundizaron el aislamiento diplomático y las sanciones económicas internacionales.
Khamenei también fue señalado por investigaciones judiciales internacionales por su presunta implicación en atentados en el extranjero, entre ellos el ataque contra la AMIA en Buenos Aires en 1994, que dejó 85 muertos. Aunque Teherán siempre rechazó esas acusaciones, el caso permaneció como uno de los mayores focos de tensión entre Irán y Occidente.
En el ámbito nuclear, mantuvo una política ambigua que combinó negociaciones intermitentes con el desarrollo sostenido de capacidades tecnológicas sensibles, lo que derivó en rondas sucesivas de sanciones y en momentos de alta tensión militar en la región.
Su muerte abre un escenario incierto en la República Islámica. El Consejo de Expertos deberá designar a un sucesor en un contexto de crisis económica, descontento social y presión internacional creciente. Más allá de quién ocupe el cargo, el legado de Khamenei queda asociado a un sistema de poder rígido, centralizado y profundamente controvertido, que marcó la historia contemporánea de Irán y redefinió el equilibrio geopolítico de Medio Oriente.







