NUEVA YORK, 28 dic.— Cuando la MetroCard reemplazó al clásico token del metro de la ciudad de Nueva York en 1994, la tarjeta de plástico con banda magnética supuso una modernización clave para uno de los sistemas de transporte público más antiguos y extensos del mundo. Más de tres décadas después, ese símbolo cotidiano de la vida neoyorquina se encamina oficialmente hacia su retirada definitiva.
El 31 de diciembre de 2025 será el último día en que los usuarios podrán comprar o recargar una MetroCard, ya que el sistema de transporte de la ciudad completará su transición total a OMNY, la plataforma de pago sin contacto que permite acceder al metro y a los autobuses mediante tarjetas bancarias, teléfonos móviles u otros dispositivos electrónicos, del mismo modo que se realizan hoy muchas compras diarias.
Según datos de la Autoridad Metropolitana de Transporte (MTA), más del 90 % de los viajes en metro y autobús ya se pagan mediante el sistema de “un toque”, introducido en 2019. Nueva York se suma así a una tendencia global: grandes ciudades como Londres y Singapur utilizan desde hace años sistemas similares, mientras que en Estados Unidos urbes como Chicago y San Francisco también han dado el salto a la tecnología sin contacto.
La MetroCard, sin embargo, marcó un antes y un después en la forma de desplazarse de millones de neoyorquinos. Antes de su llegada, los pasajeros dependían de los tokens, monedas de color bronce introducidas en 1953 y vendidas en taquillas de estaciones. Cuando el metro abrió sus puertas en 1904, el billete costaba apenas un níquel, equivalente a unos 1,82 dólares actuales.
“Hubo una fuerte resistencia al cambio, porque los tokens funcionaban”, explicó Jodi Shapiro, curadora del Museo del Transporte de Nueva York, ubicado en Brooklyn, que inauguró recientemente una exposición dedicada al legado de la MetroCard. “Pero la MetroCard introdujo una forma completamente nueva de pensar el transporte para los neoyorquinos”.
La MTA desplegó campañas públicas para enseñar a los pasajeros a deslizar correctamente la tarjeta, originalmente de color azul, y evitar el temido mensaje de error en los torniquetes. Incluso se llegó a plantear una mascota promocional, el Cardvaark, una idea que finalmente fue descartada.
Con el tiempo, la MetroCard trascendió su función práctica y se convirtió en un objeto cultural y de colección. Ediciones especiales conmemoraron hitos como la Serie Mundial del año 2000 entre los Mets y los Yankees, cuando el pasaje costaba 1,50 dólares. Artistas como David Bowie y Olivia Rodrigo, figuras emblemáticas del hip hop neoyorquino como Wu-Tang Clan, The Notorious B.I.G. y LL Cool J, así como series icónicas como Seinfeld o Law & Order, adornaron el diseño de la tarjeta a lo largo de los años.
“Las más especiales son las que presentan a Nueva York al mundo, no solo los lugares emblemáticos, sino también a su gente”, señaló Lev Radin, coleccionista del Bronx.
Dominar el ángulo y la velocidad exactos del deslizamiento de la MetroCard se convirtió incluso en una seña de identidad local, una habilidad que diferenciaba a los verdaderos neoyorquinos de los visitantes. Episodios como los repetidos intentos fallidos de Hillary Clinton para pasar un torniquete durante la campaña de 2016 quedaron grabados en la memoria colectiva.
A diferencia de aquel cambio, la transición a OMNY ha resultado más sencilla. Quienes no desean usar tarjetas bancarias o teléfonos inteligentes pueden adquirir una tarjeta OMNY recargable, y las MetroCard existentes seguirán funcionando durante 2026 para agotar los saldos restantes. La MTA ha señalado que el nuevo sistema permitirá un ahorro anual de al menos 20 millones de dólares en costos operativos.
OMNY también introduce nuevas ventajas, como el límite semanal automático de gasto, que permite viajes ilimitados gratuitos dentro de un período de siete días una vez alcanzados 12 trayectos, con un tope de 35 dólares semanales tras el aumento de la tarifa a 3 dólares en enero.
No obstante, el cambio no está exento de críticas. Algunos usuarios expresan preocupaciones por la recopilación de datos y la vigilancia, mientras que otros, especialmente personas mayores, consideran que las nuevas máquinas y sistemas resultan menos intuitivos.
“Es difícil para los mayores”, afirmó Ronald Minor, un residente de Manhattan de 70 años, mientras esperaba un tren hacia Brooklyn. “No deberían empujarnos a un lado y actuar como si no contáramos”.
Otros pasajeros, como John Sacchetti, valoran la simplicidad del sistema tradicional. “Me gustaba ver el saldo al pasar por el torniquete”, comentó. “Es algo a lo que habrá que acostumbrarse”.
Así, la retirada de la MetroCard marca el fin de una era en el transporte neoyorquino, dejando atrás no solo un método de pago, sino un objeto profundamente ligado a la identidad y a la historia cotidiana de la ciudad.








