Moscú, 26 agosto.- La reciente cumbre de Alaska ha supuesto un cambio estratégico para el Kremlin, que ahora vuelve a plantear las mismas exigencias que en 2021, antes de la invasión a gran escala de Ucrania. Con el presidente estadounidense Donald Trump abandonando la presión de imponer sanciones inmediatas por la negativa rusa a pactar un alto el fuego, Vladímir Putin se siente en posición de fuerza y sin prisa para alcanzar un acuerdo de paz con Kiev.
El Kremlin reactivó sus demandas originales: la OTAN debe vetar toda futura expansión en Europa del Este y retirar la infraestructura militar desplegada desde 1997. Además, Moscú condiciona cualquier negociación a que Ucrania adopte la neutralidad, reduzca su ejército a menos de 100.000 efectivos, renuncie a las armas nucleares y prohíba la entrada de tropas extranjeras en su territorio, exigencias que tanto Kiev como Bruselas consideran una capitulación inaceptable.
El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, subrayó que el proceso de paz sólo será posible si Ucrania cumple estas condiciones y convoca nuevas elecciones. Rusia cuestiona la legitimidad del presidente Volodímir Zelenski, cuyo mandato, según Moscú, habría expirado en mayo de 2024, argumento utilizado por el Kremlin para rechazar cualquier acuerdo que firme el líder ucraniano.
Contradicción entre Trump y el Kremlin
El presidente Trump había insistido en la necesidad de un alto el fuego temporal de 30 días para abrir negociaciones políticas, pero tras Alaska cambió de postura y aceptó avanzar hacia un arreglo sin exigir la pausa militar. Esa decisión fue recibida en Moscú como una oportunidad para retomar su táctica de máxima presión: continuar los ataques en el Donbás y mantener los bombardeos sobre las ciudades ucranianas mientras las condiciones rusas no sean aceptadas.
En paralelo, el Kremlin sigue obteniendo oxígeno económico. India reanudó sus importaciones de crudo ruso a niveles previos, ignorando las advertencias de Washington sobre sanciones arancelarias. Estos ingresos son esenciales para sostener la maquinaria de guerra rusa, que cumple ya tres años y medio de ofensiva.
Paralelismo con Finlandia
Los dirigentes rusos también citan el precedente de la Guerra de Invierno (1939-1940), en la que Finlandia, tras la invasión soviética, fue obligada a ceder territorios y asumir un estatus de neutralidad vigilada. Para Moscú, Kiev debería seguir ese mismo camino, aunque los analistas señalan que la situación es radicalmente distinta, ya que Finlandia ingresó en 2022 a la OTAN, ampliando en 1.300 kilómetros la frontera aliada con Rusia.
Escenario congelado
El resultado de la cumbre de Alaska deja a Ucrania frente a un escenario congelado: Rusia se niega a negociar sin concesiones estructurales, Trump suaviza la presión sobre Moscú y Europa mantiene su negativa a reconocer las demandas del Kremlin. Sin incentivos claros, Putin opta por prolongar la guerra bajo la lógica de desgaste, mientras Zelenski insiste en que aceptar tales condiciones equivaldría a legalizar la agresión rusa y entregar la soberanía nacional a Moscú.
Claves de la posición rusa tras Alaska
- Neutralidad obligatoria de Ucrania.
- Ejército reducido a 100.000 soldados.
- Renuncia a armas nucleares y asistencia militar extranjera.
- Reconocimiento de derechos lingüísticos para rusoparlantes.
- Restitución de la Iglesia ortodoxa vinculada al Patriarcado de Moscú.
- Nuevas elecciones en Ucrania y cuestionamiento del mandato de Zelenski.
La guerra de desgaste entra así en una nueva fase, con un Kremlin envalentonado y un Occidente dividido sobre cómo presionar a Rusia para retomar el camino de la paz.








