Washington, 19 julio.– El nuevo proyecto de defensa antimisiles del presidente Donald Trump, bautizado como Cúpula Dorada (Golden Dome), ha encendido las alarmas entre expertos y legisladores por su viabilidad técnica, su colosal presupuesto y los riesgos estratégicos que implicaría, como la militarización del espacio o el incentivo a una nueva carrera armamentista.
El sistema, que se inspira nominalmente en la ‘Cúpula de Hierro’ israelí pero que apunta a una escala orbital y conceptual mucho mayor, ha sido definido como un “sistema de sistemas”. Incluye múltiples capas de defensa, una de ellas espacial, basada en satélites capaces de interceptar misiles enemigos durante su fase inicial de vuelo, en los primeros 3-5 minutos tras el lanzamiento.
Laura Grego, directora de investigación de Seguridad Global de la Unión de Científicos Consternados (UCS), advirtió a EFE que para lograr una cobertura eficaz, serían necesarios “cientos o incluso miles de satélites”, dada la dificultad de posicionar un interceptor en el lugar exacto en tan estrecho margen de tiempo. La situación se complica aún más si un adversario como Rusia o China lanza múltiples misiles simultáneamente, lo que podría saturar el sistema.
Grego calificó el plan como inviable, recordando fracasos históricos como el programa “Star Wars” del expresidente Ronald Reagan, que costó al menos 60.000 millones de dólares antes de ser cancelado en 1993. “La defensa está siempre en desventaja: el atacante puede simplemente abrumar el sistema con más misiles o destruir los satélites directamente”, señaló.
El proyecto de Trump ya tiene asegurados 25.000 millones de dólares para su fase inicial, incluidos en el paquete fiscal aprobado este mes por el Congreso, y se estima que podría alcanzar los 175.000 millones al concluir en 2029. Sin embargo, la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) proyecta un coste total de hasta 542.000 millones a lo largo de 20 años, convirtiéndolo en el sistema de defensa antimisiles más caro de la historia.
Varias compañías están implicadas en el desarrollo del sistema, incluyendo contratistas tradicionales como Lockheed Martin y SpaceX, así como empresas emergentes del entorno tecnológico como Palantir o Anduril. Grego sospecha que el enorme presupuesto responde más a intereses económicos que a necesidades estratégicas reales.
Además del coste, las implicaciones geoestratégicas son motivo de gran preocupación. Jeffrey Lewis, del Centro James Martin para Estudios sobre la No Proliferación, advierte que Cúpula Dorada podría convertir el espacio en un nuevo campo de batalla, violando el espíritu del Tratado del Espacio Exterior de 1967. Según Lewis, esta militarización podría motivar a otras potencias a desplegar satélites armados, aumentando el riesgo de colisiones orbitales que afectarían a redes críticas globales como las telecomunicaciones y la navegación.
El proyecto también socavaría el principio de “vulnerabilidad mutua”, que históricamente ha disuadido ataques nucleares entre grandes potencias. Una defensa total percibida por parte de EE.UU. podría alentar una política más agresiva y menos disuasiva, lo que generaría una mayor inestabilidad internacional.
En una carta al secretario de Defensa, Pete Hegseth, cuatro congresistas demócratas advirtieron la semana pasada que Golden Dome es “prohibitivamente costoso, operativamente ineficaz, enormemente corrupto y perjudicial para la seguridad de EE.UU. y del mundo”.
Grego fue tajante al concluir: “No solo no nos interesa construir estos sistemas; tampoco nos interesa decir que queremos construirlos”.








