MADRID, 8 de julio de 2025 – Los datos climáticos de junio han confirmado lo que millones de europeos experimentaron en sus propias carnes: el continente occidental atravesó el mes más extremo de su historia moderna. Mientras el planeta registraba una ligera tregua en las temperaturas globales, la Península Ibérica y gran parte de Europa Occidental sufrían un calor sin precedentes que redefinió los límites del rigor climático, según revelan los datos del Servicio de Cambio Climático de Copernicus.

Un contraste revelador: el mundo respira, Europa sufre

A nivel global, junio de 2025 alcanzó los 16,46 grados Celsius de temperatura media, registrando 0,20 °C menos que el récord histórico de 2024 y 0,06 °C menos que el segundo junio más cálido, correspondiente a 2023. Estos datos podrían sugerir una pausa en el calentamiento global, pero por regiones, el panorama cambia dramáticamente.

Europa Occidental, y muy especialmente la Península Ibérica, protagonizaron una historia completamente diferente. Las dos olas de calor del pasado mes, amplificadas por el fenómeno de ‘cúpula de calor’, provocaron temperaturas máximas inéditas no solo en España sino también en Portugal, Francia, Italia y gran parte de los Balcanes.

La Península Ibérica: epicentro del calor extremo

Con una media de 20,49 °C, junio de 2025 se convirtió en el mes más cálido de la historia para nuestra región. Este registro supone un exceso alarmante de 2,81 °C sobre la media del periodo 1991-2020 y rebasa en 0,06 °C el récord establecido en 2023.

En cuanto a máximas absolutas, el termómetro alcanzó los 46 °C en Granado (Huelva), pero los expertos de Copernicus introdujeron una variable más preocupante: el «estrés térmico». Este concepto hace referencia al riesgo real para el organismo una vez se suman todos los factores ambientales, como la humedad y la contaminación.

Sensación térmica letal: 48 grados al norte de Lisboa

Puntos de la Península Ibérica alcanzaron el ‘nivel extremo’ de estrés térmico, con una sensación térmica de 48 °C al norte de Lisboa. En general, la sensación térmica en nuestra región fue de 38 °C, correspondiendo a un ‘estrés térmico elevado’, mientras que el récord de 48 °C supera en siete grados la media de máximas históricas para estas fechas.

La situación se agravó especialmente durante las noches. Algunas zonas de España, particularmente en el Mediterráneo, tuvieron 24 noches tropicales cuando la media es de seis en esta época. Esto implica casi un mes entero durmiendo a más de 20 °C, un factor relacionado con el aumento de la mortalidad por ola de calor más aún que la temperatura diurna.

El mar Mediterráneo: una caldera sin precedentes

Esta situación terrestre fue indisociable de la ola de calor marina extraordinaria registrada en el Mediterráneo occidental. Con 27 °C, la temperatura media de la superficie del mar diaria ha sido la más alta jamás registrada en el conjunto de la región para un mes de junio.

Dentro de la serie histórica, se trata de la anomalía sobre la media jamás vista, con 3,7 °C por encima de lo normal. Esta situación impidió el descenso de las temperaturas nocturnas al tiempo que aumentaba la humedad ambiental, empeorando el fenómeno de noches tropicales. Los expertos también alertan del impacto devastador sobre la biodiversidad marina y la pesca.

Un récord que anticipa el futuro

El 30 de junio marcó un hito particularmente alarmante. La temperatura diaria media en Europa Occidental rozó los 25 °C, quedándose finalmente en 24,9 °C y repitiéndose a primeros de julio. Este registro es el más alto de la historia para estas fechas: lo más temprano que se habían alcanzado anteriormente había sido a partir de mediados de julio y hasta mediados de agosto, la temporada correspondiente a la canícula.

Los 25 °C de media se habían dado e incluso superado con olas de calor en época canicular en los veranos de 2003, 2018, 2019, 2022 y 2023. Ahora, este umbral se adelanta peligrosamente al calendario, sugiriendo una nueva normalidad climática.

Consecuencias mortales del calor

Las altas temperaturas cobraron un precio humano devastador. Según el Instituto de Salud Carlos III, las temperaturas extremas causaron al menos 190 muertes en España durante la última semana de junio, evidenciando que estos no son solo números estadísticos, sino tragedias humanas tangibles.

Cambio de tendencia: de la humedad a la sequía

Junio también supuso un fin abrupto a la tendencia más húmeda de lo habitual que había marcado la primera mitad del año en España. El mes fue más seco que la media en el oeste y el sur de Europa, así como en gran parte del Reino Unido y zonas del sur de Escandinavia, además de en partes de Rusia occidental.

El planeta en dos velocidades

Mientras Europa Occidental ardía, otras regiones del mundo experimentaban condiciones opuestas. Las olas de calor europeas tuvieron su contrapunto con el arranque del invierno austral, registrándose «condiciones de frío récord» en Argentina y Chile, así como en otros puntos de América del Sur.

Estados Unidos, el norte de Canadá, Asia central, Asia oriental y la Antártida occidental experimentaron temperaturas destacadamente superiores a la media, evidenciando la complejidad del sistema climático global.

Ártico: el termómetro del planeta

El informe también destaca que la cobertura de hielo marino en el Ártico fue un 6% inferior a la media, «marcando la segunda lectura más baja para un mes de junio en los 47 años de registros por satélite». A finales de mes, la extensión diaria fue «la más baja para la época del año» de forma sistemática, siendo particularmente escasa en los mares de Barents, Kara y Laptev.

Una nueva realidad climática

Los datos de junio de 2025 no representan solo un mes excepcionalmente caluroso, sino la confirmación de una nueva realidad climática para Europa Occidental. Con cada récord que se rompe, el continente se adentra en territorio desconocido, donde las temperaturas extremas dejan de ser excepcionales para convertirse en la norma.

La pregunta ya no es si estos episodios se repetirán, sino con qué frecuencia e intensidad lo harán, mientras Europa busca desesperadamente adaptarse a un clima que evoluciona más rápido que su capacidad de respuesta.

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