La Habana, 30 junio.- La reciente alza de tarifas del servicio de internet en Cuba, impuesta por la estatal ETECSA, provocó un estallido de movilización sin precedentes en las universidades del país. Lo que comenzó como una protesta contra el elevado precio de los datos móviles devino en un movimiento político estructurado que cuestiona pilares del régimen comunista instalado desde 1959.
El nuevo esquema, anunciado el 30 de mayo, fijó el plan básico en seis gigabytes por 360 pesos cubanos, mientras que las recargas adicionales costarían 3.360 pesos —más del salario mínimo mensual— y sólo podrían adquirirse en dólares. Estudiantes lo definieron como un “apartheid digital” y respondieron con huelgas académicas, cartas abiertas y reuniones interfacultativas desde la Universidad de La Habana hasta centros en Santiago, Holguín y Santa Clara.
La Facultad de Matemática fue la primera en declarar paro académico. Pronto se sumaron estudiantes de Filosofía, Sociología y Letras. A diferencia de manifestaciones anteriores, como las de 2021 y 2024 centradas en la escasez de alimentos, esta protesta fue estratégica, organizada y explícitamente pacífica, a pesar de las amenazas de expulsión y presión de la Seguridad del Estado.
Andrea Curbelo, estudiante de Historia del Arte, declaró a Reuters que “todos los cubanos deberían tener la misma oportunidad para comunicarse con sus familias”. Los seis gigabytes extra ofrecidos por ETECSA como concesión fueron rechazados por insuficientes.
La historiadora Carolina Barrero, en un artículo publicado en Journal of Democracy, destacó el carácter transformador de la protesta: “por primera vez desde 1959, los estudiantes cubanos actúan como ciudadanos con demandas legítimas y el coraje de articularlas públicamente”. Barrero califica el encarecimiento del internet como un intento de restaurar el aislamiento informativo, advirtiendo que “el modelo autoritario moderno necesita ciudadanos conectados, pero eso mina su autoridad”.
El régimen cubano respondió evitando la represión directa: presionó a líderes estudiantiles en privado, organizó un falso diálogo con representantes moderados y publicó un comunicado alineado con el discurso oficial. Según Barrero, se trató de una “rendición coreografiada” destinada a sofocar el movimiento sin generar mártires visibles.
A pesar del fin de las protestas, persisten redes de solidaridad y una conciencia ciudadana inédita entre la juventud universitaria. El lema más repetido fue: “Detrás del miedo está el país que soñamos”.
Esta movilización, silenciosa pero profunda, deja como legado el surgimiento de una nueva generación de cubanos que ya no acepta la obediencia como única opción. Aunque desarticulada desde lo institucional, la protesta ha dejado una grieta difícil de cerrar en el control ideológico del régimen.








