Ottawa, Canadá | 6 Febrero 2026.- Las recientes comunicaciones entre miembros de la administración del presidente Donald Trump y representantes del movimiento separatista de Alberta han encendido todas las alertas en los más altos niveles del gobierno canadiense. Más allá del carácter diplomático formal que Washington intenta atribuir a estos contactos, expertos en seguridad, exfuncionarios de inteligencia y académicos advierten que Canadá podría estar enfrentando una forma moderna de guerra híbrida, con inquietantes similitudes a la estrategia empleada por Rusia en Ucrania hace una década.
La polémica estalló tras revelarse que un grupo separatista de Alberta sostuvo reuniones con funcionarios del Departamento de Estado de Estados Unidos, encuentros que, según sus propios protagonistas, incluyeron al menos una sesión en una Instalación de Información Compartimentada Sensible (SCIF), espacios reservados para discusiones de alta confidencialidad en materia de seguridad nacional estadounidense. Aunque el Departamento de Estado confirmó que mantiene contactos periódicos con representantes de la sociedad civil y negó compromisos concretos, el contexto y el contenido de estas reuniones han generado profunda inquietud en Ottawa.
Las sospechas se intensificaron cuando el secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, afirmó públicamente que se comentaba la posibilidad de un referéndum en Alberta para decidir si la provincia debía seguir formando parte de Canadá. Al mismo tiempo, grupos separatistas locales impulsan activamente una petición para que la pregunta sobre la secesión sea incluida en una futura consulta provincial, un movimiento que, aunque minoritario, ha ganado visibilidad mediática y tracción en redes sociales.
Paralelismos con el Donbás
Para Maria Popova, profesora de ciencias políticas en la Universidad McGill y especialista en relaciones ruso-ucranianas, estos acontecimientos no pueden analizarse de forma aislada. A su juicio, Canadá estaría enfrentando una estrategia de desestabilización política e informativa comparable a la que Rusia utilizó en 2014 en el este de Ucrania. En aquel entonces, Moscú aprovechó un pequeño y marginal movimiento separatista para erosionar la soberanía ucraniana, desatar el caos institucional y, finalmente, justificar una intervención directa.
“El objetivo no es necesariamente la anexión inmediata”, explica Popova, “sino sembrar dudas sobre la legitimidad del Estado, debilitar la cohesión nacional y proyectar la imagen de un país frágil e incapaz de controlar su propio territorio”. Según la académica, las repetidas declaraciones que cuestionan la existencia o viabilidad de Canadá como Estado soberano forman parte de una narrativa corrosiva cuidadosamente construida.
Patrick Lennox, exdirector de inteligencia de la Real Policía Montada de Canadá (RCMP), coincide en el diagnóstico y va más allá. Asegura que Estados Unidos ha desplegado contra Canadá una guerra de información destinada a presionar, dividir y condicionar decisiones estratégicas clave. “Van a usar todo lo que tengan a su alcance para desestabilizar el país, perturbarlo e incluso fragmentarlo si eso sirve a su estrategia de seguridad nacional”, advirtió.
MAGA y la amplificación digital
Más allá de las acciones directas del gobierno estadounidense, analistas señalan la creciente implicación de figuras influyentes del movimiento Make America Great Again (MAGA). Personalidades con millones de seguidores en redes sociales han comenzado a presentar a Alberta como una provincia oprimida por Ottawa, explotada económicamente y culturalmente más cercana a Estados Unidos que al resto de Canadá. Memes, mensajes virales y contenidos generados por inteligencia artificial refuerzan la idea de que Alberta es un “Texas del norte” que anhela liberarse.
La exdiplomática canadiense Sabine Nölke considera que esta narrativa no es inocente. A su juicio, se trata de una operación psicológica destinada a normalizar la idea de la secesión y a persuadir tanto a la opinión pública canadiense como a la estadounidense de que una eventual ruptura sería legítima y hasta deseable. “No se trata de que exista un plan concreto de anexión”, explica, “sino de generar confusión, incomodidad y la percepción de que Canadá es un país artificialmente unido”.
El riesgo político interno
El debate también ha expuesto tensiones dentro de la política canadiense. La primera ministra de Alberta, Danielle Smith, ha defendido que el futuro de la provincia debe decidirlo exclusivamente su población y ha evitado condenar frontalmente al movimiento separatista, alegando que muchos de sus simpatizantes tienen “agravios legítimos”. Para Popova, esta postura entraña un riesgo significativo: cuando líderes electos creen que pueden instrumentalizar el descontento regional para obtener ventajas frente al gobierno federal, el control del proceso puede escapárseles rápidamente de las manos, como ocurrió en el Donbás.
China como enemigo narrativo
Otro elemento central de la campaña discursiva es la acusación recurrente de que Canadá estaría bajo la influencia o incluso el control de China. Esta narrativa, amplificada por declaraciones del propio Donald Trump, cumple un rol similar al que desempeñó la acusación de “nazificación” en la propaganda rusa contra Ucrania. El mensaje es simple y efectivo: la separación sería una medida defensiva frente a una amenaza externa mayor.
Trump ha llegado a afirmar públicamente que China se está apoderando de Canadá, comentarios que, aunque puedan parecer extravagantes, contribuyen a erosionar la percepción internacional de estabilidad y soberanía del país.
Una advertencia histórica
La experiencia ucraniana demuestra que los procesos de desestabilización rara vez comienzan con tanques o soldados. Empiezan con narrativas, dudas y la sensación de que la desintegración es inevitable. Popova advierte que, si el conflicto se intensificara, la comunidad internacional podría interpretarlo erróneamente como una disputa interna canadiense, invisibilizando el papel de la interferencia extranjera, exactamente como ocurrió en 2014 en Ucrania.
La historia sugiere que incluso democracias consolidadas pueden verse seriamente amenazadas cuando una superpotencia decide explotar fracturas internas reales, aunque minoritarias. La pregunta que hoy se hacen en Ottawa no es si el separatismo de Alberta representa una mayoría social, sino si Canadá está preparada para identificar y neutralizar a tiempo una estrategia de desestabilización que, de prosperar, podría tener consecuencias imprevisibles para la unidad nacional.








