Montreal, 29 abr.- La creciente crisis de vivienda en Montreal está impulsando nuevas formas de convivencia entre sus habitantes, donde compartir hogar ya no responde solo a una necesidad económica, sino también a la búsqueda de comunidad y apoyo social.

Ese es el caso de Sophie O’Shaughnessy, madre soltera de 32 años, quien participó en un inusual evento de “citas rápidas” organizado en el espacio comunitario Espace des Possibles, en el distrito de Rosemont–La Petite-Patrie. Sin embargo, el objetivo no era encontrar pareja, sino personas con quienes compartir vivienda.

Alrededor de 30 participantes se reunieron en grupos para intercambiar ideas sobre estilos de vida, rutinas y expectativas, en un intento por formar hogares colaborativos más allá del modelo tradicional.

Una respuesta al aumento de los alquileres

La iniciativa fue organizada por Lykkå Cohabitation, una organización sin ánimo de lucro que promueve la vida en comunidad. Con más de 600 miembros en su red, la entidad conecta a personas interesadas en compartir vivienda, especialmente a quienes enfrentan mayores dificultades, como padres solteros o recién llegados.

El auge de estas iniciativas coincide con un aumento de cerca del 71 % en los precios del alquiler en Montreal entre 2019 y 2025, lo que ha hecho cada vez más difícil acceder a una vivienda individual, especialmente con un solo ingreso.

Además del factor económico, el aislamiento social también influye. Datos de Statistics Canada reflejan un incremento en los niveles de soledad, particularmente entre personas que viven solas.

De compartir gastos a construir comunidad

Para muchos participantes, el objetivo va más allá de dividir el alquiler. “Incluso con pareja, seguiría queriendo vivir con otros adultos y familias”, explica O’Shaughnessy, quien busca crear una red de apoyo más amplia.

En paralelo, proyectos como Nomad Co-living ya han materializado este modelo. Fundado por Maria Kinoshita, este espacio alberga a residentes de entre 25 y más de 50 años en una vivienda compartida que combina habitaciones privadas con áreas comunes.

Por aproximadamente 1.000 dólares mensuales, los residentes acceden a servicios como limpieza, alimentos básicos y espacios compartidos, en un entorno diseñado para fomentar la convivencia.

Una solución parcial a un problema estructural

Expertos advierten que, aunque la vivienda compartida puede ser útil, no representa una solución definitiva a la crisis habitacional. Según analistas urbanos, se trata de una alternativa viable para ciertos perfiles, pero limitada en escala y aceptación cultural.

En Quebec, los hogares unipersonales son los más comunes, mientras que la convivencia multigeneracional sigue siendo minoritaria.

Aun así, iniciativas como estas reflejan un cambio progresivo en la forma de entender la vivienda, especialmente en contextos urbanos donde el costo de vida sigue en aumento.

Mientras tanto, O’Shaughnessy y su grupo continúan buscando un apartamento compartido en el barrio de Plateau-Mont-Royal, con la esperanza de consolidar un modelo de vida que combine estabilidad económica y comunidad.

Si todo avanza según lo previsto, esperan mudarse juntos este verano, dando un paso más en una tendencia que, aunque aún incipiente, gana cada vez más terreno en Montreal.

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