Madrid, 27 abr.- El próximo estreno de la secuela de The Devil Wears Prada vuelve a poner sobre la mesa un fenómeno recurrente en el cine y la cultura popular: la sofisticación de las antagonistas y su capacidad para eclipsar, en muchos casos, a las protagonistas, convirtiéndose en auténticos referentes estéticos para el público.
Desde personajes como Cruella de Vil hasta Maléfica, las villanas han construido algunos de los imaginarios visuales más potentes del audiovisual contemporáneo. Su estética, a menudo exagerada o altamente estilizada, refuerza su presencia en pantalla y las sitúa en un plano de fascinación que trasciende la narrativa.
“El poder se viste, se maquilla y se construye visualmente, y las antagonistas lo encarnan con precisión”, explica a EFE la maquilladora Ana López-Puigcerver, Goya 2026 a Mejor Maquillaje y Peluquería por El Cautivo y nominada al Óscar en 2024 por La sociedad de la nieve.
En esa misma línea, el sociólogo, periodista y crítico de moda Pedro Mansilla señala que existe una construcción cultural detrás de esta percepción. “Las asociamos a rasgos más duros: tendemos a exagerarlas, elevarlas y casi a divinizarlas”, apunta.
Elegancia, poder y artificio visual
En el universo de ficción, la elegancia de la villana suele estar ligada a su posición de poder. Un ejemplo paradigmático es Miranda Priestly, interpretada por Meryl Streep en The Devil Wears Prada, un personaje cuya imagen impecable se convierte en parte esencial de su autoridad narrativa.
“Miranda es el prototipo de mujer elegante y glamurosa, con maquillaje y peinado impecables, donde todo está diseñado para ser percibido”, analiza López-Puigcerver.
El maquillaje, en este contexto, no cumple únicamente una función estética, sino simbólica. “Rasgos pronunciados, ángulos marcados, tonos oscuros o labios rojos pueden codificar la idea de poder o incluso de ‘maldad’”, añade la experta.
Según Mansilla, esta construcción no es casual: “Es muy común que la villana tenga un estatus alto, y eso lo asociamos a maquillajes más elaborados y a una apariencia más cuidada”.
Belleza, exceso y percepción del artificio
La relación entre belleza y elegancia también juega un papel clave en la percepción del espectador. Cuando la sofisticación alcanza niveles extremos, puede generar una sensación de artificio o distancia emocional.
“Existe un tipo de belleza que insiste en una especie de histerismo estético”, señala Mansilla. Como ejemplo, cita a Melania Trump, a quien describe como una figura “obsesionada con la elegancia absoluta”, pero que en su opinión puede transmitir artificialidad por ese exceso de perfección.
Frente a ello, contrapone referentes como Grace Kelly o Audrey Hepburn, cuya elegancia estaba marcada por la naturalidad y la sencillez. “Transmitían tranquilidad, verdad y equilibrio entre belleza y estilo”, afirma.
Villanas entre la sofisticación y la contradicción
La construcción de la antagonista, sin embargo, no responde a un único patrón. Para López-Puigcerver, el cine también juega con los contrastes: “En muchos casos, la maldad se esconde detrás de un aspecto ingenuo”, señala.
Este juego entre apariencia y esencia ha convertido a las villanas en figuras complejas dentro del imaginario audiovisual, capaces de encarnar tanto la fascinación estética como la ambigüedad moral.
Así, más allá del relato cinematográfico, las antagonistas siguen ocupando un lugar privilegiado en la cultura visual contemporánea: el de la elegancia que inquieta, seduce y, en ocasiones, eclipsa incluso a las protagonistas.








