Santiago de Compostela, 4 agosto.- El Camino de Santiago ya no es solo cosa de personas: cada vez más peregrinos eligen recorrer las rutas jacobeas acompañados de sus perros, una tendencia en auge que, sin embargo, presenta importantes retos logísticos, normativos y de empatía social.
Raquel Freiría, gerente de la Asociación Protectora de Animales del Camino de Santiago (Apaca), advierte que recorrer el Camino con perro requiere una planificación responsable, ya que se trata de una travesía exigente en la que el bienestar del animal debe ser prioritario.
Fundada en 2015, Apaca promueve una Ruta Xacobea más “dogfriendly” y respetuosa con todos los seres vivos, alineada con los valores tradicionales del Camino. Además de rescatar y asistir a animales en situación de abandono, la asociación ofrece asesoría, campañas de esterilización y apoyo logístico a los llamados “perregrinos”, como se conoce a quienes viajan con perros.
Entre las iniciativas destacadas de Apaca está la Credencial y la Compostela Canina, documentos similares a los que reciben los peregrinos humanos. La Credencial del Perregrino permite ir sellando las etapas del viaje, mientras que la Compostela certifica que el perro ha completado el recorrido hasta Santiago. Las portadas de estas credenciales están ilustradas con imágenes de perros adoptados del refugio.
A pesar del crecimiento de esta práctica, Freiría denuncia la persistencia de situaciones de maltrato animal en zonas rurales gallegas, donde aún se ven perros atados, encadenados o en malas condiciones, vulnerando la normativa vigente. Critica además la inacción de las administraciones públicas ante estas prácticas, que considera “una de las peores imágenes que se pueden dar del Camino”.
Otro de los grandes desafíos es la falta de hospedaje accesible para animales. La mayoría de los albergues públicos no permiten la pernocta con perros, y muchos privados también lo rechazan, priorizando criterios económicos por encima de la inclusión.
Casos como el de Adrián, que llegó a Santiago desde Burgos tras 20 días caminando con su perrita Laika, evidencian estas dificultades. “He tenido que tirar de tienda de campaña porque los hoteles son caros y muchos albergues no aceptan perros”, explica. En su mochila, además del equipo habitual, lleva comida y crema especial para las almohadillas de su compañera canina, que sufren con el calor del suelo.
También Inma, llegada desde Lugo con su perrita Daia, relata una experiencia “lindísima”, aunque reconoce que preparar el viaje con antelación fue clave para sortear las barreras de hospedaje.
Freiría subraya un problema adicional: en casos de emergencia, los servicios sanitarios suelen atender solo a las personas, dejando a las mascotas desamparadas, a la espera de que algún particular se haga cargo de ellas.
“Al perro hay que tratarlo como a una persona más”, concluye Adrián, convencido de que el Camino también debe ser para ellos, siempre que exista conciencia y respeto mutuo.








