Caracas, 1 de noviembre.- «Mi madre nunca rompe sus promesas», decía Ana Corina Sosa, hija de María Corina Machado, al pronunciar el discurso que su madre preparó para recibir el Premio Nobel de la Paz. Cuando la líder venezolana llegó a Oslo, casi un día más tarde de lo previsto y después de un periplo imposible, prometió que volvería a su país para continuar la lucha por la democracia desde dentro. El pasado domingo 25 de octubre, tras siete intentos frustrados, cumplió su palabra.
La líder democrática llegó de forma secreta y discreta, pero su mera presencia desató la euforia por donde pasó. La exaltación colectiva transcurrió sin los episodios de violencia que había vaticinado el chavismo para impedir su llegada. Durante toda la semana, Machado se esforzó por demostrar cuál es su prioridad: los venezolanos. Vestida de blanco cada día, estuvo rodeada de personas que la abrazaban, le agradecían su trabajo y se ofrecían a contribuir a la reconstrucción del país.
Hubo muestras de afecto, palabras de aliento y múltiples fotografías, la mayoría tomadas por su equipo de Vente Venezuela (VV). Pero, en medio del júbilo, no esquivó los encuentros más dolorosos: con los afectados por los terremotos y con los familiares de los presos políticos, dos grupos que son a su vez víctimas de la negligencia y la represión del chavismo.
Su regreso, notificado por ella misma con un enigmático «Estoy aquí. Con ustedes» publicado en X, fue la noticia del día. Apareció sin previo aviso en la ciudad de Barquisimeto, en la iglesia Santa Rosa, el santuario de la Divina Pastora, un símbolo de fe, esperanza y unión para los venezolanos. Allí recibió muestras de afecto mientras escuchaba la misa de ese mediodía.
Después, en caravana, recorrió 350 kilómetros hasta la capital. Hizo paradas en los estados Carabobo, Aragua y Miranda, donde fue recibida entre multitudes. Por la noche, ya estaba en Caracas. No pronunció ningún discurso y lo poco que habló fue en conversaciones de tú a tú con las personas, que le soltaron frases como «eres la esperanza de este país», «eres la única política que no se ha vendido» y «dinos qué hacer».
En un ambiente distendido, bromeó quitándole, a uno de sus simpatizantes, la gorra del equipo de béisbol de los Navegantes del Magallanes, eterno rival de los Leones del Caracas, del que Machado es seguidora. Justo ese día, ambos equipos se enfrentaron en el campo. Es probable que la venezolana terminara con la espalda resentida. Desde el techo del vehículo, se inclinó una y otra vez para abrazar a la gente y acumuló varios rosarios —regalos de sus seguidores— alrededor del cuello.
Ya en Caracas, en la autopista Valle-Coche, se fundió en un abrazo con Gabito González, un joven de su equipo de prensa que estuvo detenido durante más de año y medio. Otro reencuentro especial fue con un plato típico de su tierra. «Cuando íbamos de Barquisimeto a Caracas, ella nos comentaba que extrañaba muchísimo la cachapa. Y precisamente una cachapa fue lo que se comió», relata Génesis Suárez, miembro de su equipo de comunicación que la acompañó durante el viaje. La cachapa de una tortita de maíz a la plancha que suele llevar queso blanco.
María Corina visitó a Perkins Rocha, asesor jurídico de su partido y preso político del régimen. Él fue injustamente apresado en agosto de 2024 y estuvo recluido en El Helicoide hasta febrero de 2026, cuando pasó a tener arresto domiciliario. Allí, en su casa, recibió a su compañera. «Fue una visita muy emotiva, el reencuentro de dos grandes y entrañables amigos que tenían más de dos años sin verse», describe María Constanza Cipriani, esposa de Rocha, para Crónica.
El abogado, que aún espera su libertad plena, no sabía que su amiga lo visitaría. Fue una sorpresa orquestada entre María Corina y María Constanza. Cuando llegó, contaron con la mala suerte de que los dos ascensores se habían estropeado. «Tuvimos que subir los 10 pisos por la escalera y ella fue como un ventarrón», relata Cipriani entre risas. Cuando por fin la Nobel de la Paz entró al piso, Perkins estaba sentado en un sillón.
«¡Epa!», alcanzó a saludar él coloquialmente, además de soltar un «¡Carajo! Parece mentira». Machado le espetó una cariñosa orden —»¡párate, coño!»— para que se levantara a abrazarla. Según interpreta María Constanza, «ese ‘párate, coño’ se lo dijo a toda Venezuela, es una expresión extensiva y acertada de lo que significa su llegada».








