Madrid, 29 de octubre.- Durante más de tres décadas, uno de los enigmas más debatidos y dolorosos en la crónica del futbol mexicano fue la imagen de Hugo Sánchez sentado en el banquillo del Giants Stadium de Nueva Jersey, mientras la Selección Mexicana caía eliminada en la tanda de penales frente a Bulgaria en los Octavos de Final de la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994.
Aquella tarde del 5 de julio de 1994, el entonces seleccionador nacional, Miguel Mejía Barón, decidió no agotar sus cambios pese al evidente desgaste físico del equipo, lo que desató un sinfín de especulaciones, mitos y acusaciones cruzadas sobre un supuesto distanciamiento irreconciliable entre el delantero estrella y el cuerpo técnico.
Hoy, con la serenidad que otorga el paso de los años y la experiencia acumulada desde los banquillos, el legendario artillero del Real Madrid ha decidido dar un paso al frente con un ejercicio de autocrítica inédito.
En una extensa conversación con el comunicador Yordi Rosado, el “Pentapichichi” reconoció abiertamente que fue una equivocación personal no acatar las indicaciones de Mejía Barón en aquel crucial encuentro, revelando además que ya ofreció disculpas de manera privada al estratega.
Para dimensionar el desenlace de aquel pasaje mundialista es necesario reconstruir el escenario táctico de aquel duelo de Octavos de Final. México y Bulgaria empataban 1-1 en un choque trabado y sofocante cuando, al minuto 57, el delantero tricolor Luis García vio la tarjeta roja por doble amonestación, dejando al representativo nacional en inferioridad numérica durante más de una hora de juego incluyendo los tiempos extra.
Ante la desventaja y el desgaste de los mediocampistas, Mejía Barón contempló el ingreso de Hugo Sánchez; sin embargo, no lo proyectaba como centrodelantero puro, sino con funciones en la zona medular para equilibrar las líneas. Fue en ese momento cuando surgió el desencuentro entre ambos personajes.
Hugo detalló que su negativa inicial no partió de un capricho o desdén hacia el compromiso nacional, sino de una profunda desconfianza en sus propias capacidades para cumplir con labores defensivas y de contención en un escenario de máxima presión internacional:
“Le dije: ‘Oye, Miguel, si me metes, méteme de delantero, porque ahí yo, por supuesto, soy experto y me voy con todo’. Pero jugar ahí en el centro del campo, eso no quiero fastidiar al equipo. No quiero que se vea que por ahí es el lado frágil en caso de defender. Yo no tenía el oficio de defender”, relató el exfutbolista.
El atacante temía que el conjunto búlgaro aprovechara los espacios y los retrocesos lentos de una posición que jamás había desempeñado a lo largo de su brillante trayectoria en clubes de la talla del Atlético de Madrid, Real Madrid o Rayo Vallecano.
El exgoleador capitalino admitió que, en ese punto cumbre de su carrera, su estatus como figura del futbol europeo nubló su juicio respecto al principio básico de la disciplina colectiva y el respeto a la autoridad del estratega:








