Rosario, 16 de septiembre.- En la efímera era de TikTok, de tiempos explosivos y espontáneos, los procesos que se viven en Venezuela por estos meses parecen eternos. Es entendible: el pueblo fue castigado durante los interminables años de Hugo Chávez y Nicolás Maduro con una agobiante economía y una persecución política sin precedentes que incluyó un rosario dramático de atropellos: represión, violación de los derechos humanos, crímenes contra la humanidad, torturas, violaciones, presos políticos, emigración masiva y demás desgracias.
Es justamente por esa razón -el deseo irreprochable de terminar cuanto antes con los años más oscuros de la historia de Venezuela- que cualquier escalón que se sume a la ya empinada democracia parece cada vez más alto y difícil de subir. Interminable.
Resulta lógica la dificultad para distinguir los progresos hechos hasta el momento, impensados apenas 256 días atrás cuando Maduro fue capturado por una grupo Delta Force de los Estados Unidos que irrumpió en la madrugada del 3 de enero último en Fuerte Tiuna, donde el dictador se refugiaba junto a su esposa, Cilia Flores. Hubo júbilo contenido en Venezuela y explosión en el exterior, donde casi 8 millones de emigrantes también esperan un cambio.
Las autoridades actuales -residuales del chavismo- que aún controlan en parte el poder venezolano iniciaron una lenta pero inconfundible marcha de acercamiento con la oposición que derivará en elecciones libres, aunque todavía no se conozcan las fechas. Ese proceso democrático -delicado, complejo- no está sólo en manos de quienes durante años incumplieron sus deberes republicanos. Washington actúa como tutor de ese diálogo y reconciliación que ya se inició. Un diálogo con líderes de la oposición impensado meses atrás. Se trata de una ingeniería que en esta estación requiere de inteligencia y sutileza.
Los puntos son variados y no se limitan únicamente a la emisión de votos: sustitución de la cúpula judicial, situación de presos políticos -una cuenta aún no resuelta del todo por la presidenta interina Delcy Rodríguez-, elecciones, levantamiento de restricciones particulares para presentarse a comicios, cese de intervención en partidos políticos, Consejo Electoral, censura y bloqueo a medios de comunicación, entre otros temas.
La evolución no será fácil. Tampoco corta. Pero ya se inició. Y el chavismo, a diferencia de otros tiempos -cuando Maduro comandaba el país-, no podrá extender ni dilatar los plazos a su antojo. O hacer planteos que choquen contra los intereses tanto de los venezolanos como de la oposición. Esa garantía la ofrece, en silencio, las autoridades norteamericanas. La delegación opositora es encabezada por Dinorah Figuera, de Primero Justicia. Su primer logro será recuperar a los partidos y eliminar las inhabilitaciones en el marco de una negociación que ha sido diseñada y promovida por la administración de Donald Trump.
El pasado 12 de agosto, este sector opositor y el chavismo -encabezado por Jorge Rodríguez, titular de la Asamblea Nacional oficialista y hermano de Delcy, la interina- cerraron el primer ciclo del diálogo después de casi una semana de discusión. Allí se acordó la renovación completa del Supremo y recuperar activos de la reserva internacional del país depositada en el Banco de Inglaterra. Ahora se espera una segunda ronda.
El marco en que se plantea este tipo de negociación es entendible. Haber sacado a Maduro -quien junto a Flores esperan ser juzgados por narcoterroristas en una celda de Nueva York- sin un plan progresivo como el actual -imperfecto, seguramente- hubiera sido suicida para una oposición implantada. La estructura chavista lleva décadas en construcción y entregar el poder a líderes con apoyo popular pero sin garantías constitucionales o democráticas no hubiera funcionado: no lo hizo en Irak, no lo hizo en Afganistán.
Esas mismas autoridades norteamericanas ven además otros progresos: la lucha contra el narco, aunque no resuelta, muestra avances y apoyo por parte del chavismo residual que encabezan los hermanos Rodríguez. También colaboran en otros delitos: ayer se conoció la captura de uno de los delincuentes más buscados por el FBI norteamericano. Aníbal Alexander Canelón Aguirre, alias “El Ingeniero”, fue capturado en tierra venezolana. Era miembro del Tren de Aragua. Ya está en Estados Unidos donde será juzgado. Hay, también, una purga silenciosa al interior del régimen que vivía de las complicidades con el mundo delictivo.
Otro de los procesos que está en marcha es el de la economía. No es fácil. Menos cuando la tragedia toca a la puerta: los devastadores terremotos del 24 de junio pasado donde murieron al menos 6.500 personas dejaron una estela económica aún irresuelta. También dejaron en evidencia la ineficiencia de un estado que durante décadas dijo estar presente pero no socorrió lo suficiente a los damnificados. Para peor, miles de víctimas aún no saben qué les deparará el destino y dónde dormirán las próximas semanas. Si es que logran conciliar el sueño después de haber perdido todo. Los cálculos para la recuperación de las zonas más afectadas se estiman en 20 mil millones de dólares. La repatriación de las reservas en oro de Banco de Inglaterra podrían ayudar. Fue uno de los planteos de la oposición.








