Redacción, 16 de septiembre.- La reducción sostenida de peso, una alimentación con más fibra y el control del alcohol y de los alimentos ultra procesados forman parte de las medidas que pueden acompañar el tratamiento del hígado graso, también llamado esteatosis hepática. La nutricionista Eslovenia Ulloa señaló que el abordaje debe ser individual y con seguimiento médico, porque la acumulación de grasa en el órgano puede avanzar sin síntomas evidentes.
La enfermedad se caracteriza por el depósito excesivo de grasa en el hígado. En algunos casos, ese proceso se asocia con inflamación y daño de las células hepáticas. El riesgo aumenta con el sobrepeso, la obesidad, la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2, los triglicéridos altos y ciertos hábitos alimentarios.
Ulloa indicó que el aumento del perímetro abdominal, la pesadez posterior a las comidas y la distensión pueden llevar a una consulta, aunque no son signos exclusivos de este cuadro. Las guías clínicas advierten que muchas personas con esteatosis hepática no presentan manifestaciones o solo sienten cansancio o molestias en la parte superior derecha del abdomen.
La pérdida de peso ocupa un lugar central en el cuidado de las personas con hígado graso relacionado con alteraciones metabólicas. Según explicó la nutricionista, una disminución cercana al 10% del peso corporal puede contribuir a reducir la inflamación del hígado, siempre que se alcance de forma gradual y bajo orientación profesional.
La evidencia disponible indica que una reducción de entre 3% y 5% del peso puede mejorar la acumulación de grasa en el órgano. Para actuar sobre la inflamación y la fibrosis, que es la formación de cicatrices en el tejido hepático, suele ser necesaria una baja mayor. La meta, sin embargo, depende de cada paciente, de sus análisis, sus antecedentes y la presencia de enfermedades asociadas.
El aspecto físico tampoco permite descartar el problema. Uyoa remarcó que una persona puede no tener obesidad visible y, aun así, presentar grasa acumulada alrededor de los órganos. Por ese motivo, el diagnóstico requiere una evaluación clínica, estudios de sangre e imágenes, como una ecografía. Las transaminasas normales no excluyen por sí solas la presencia previa de grasa hepática ni reemplazan el control indicado por el médico.
El consumo frecuente de frituras, productos elaborados con harinas refinadas, bebidas azucaradas y alcohol puede dificultar el control de la enfermedad. La especialista recomendó moderar las porciones y evitar los excesos, en especial si hay dolor abdominal, náuseas o una sensación persistente de pesadez después de comer.
Durante períodos de malestar digestivo o inflamación, Ulloa planteó que puede ser necesario reducir temporalmente las grasas, incluso aquellas consideradas saludables. La indicación no supone eliminarlas de forma permanente. Una vez que los síntomas cedan y según la tolerancia individual, pueden incorporarse alimentos como palta, frutos secos, aceite de oliva y pescados.
Las recomendaciones europeas para la enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica priorizan un patrón de alimentación similar a la dieta mediterránea. Incluye verduras, frutas enteras, legumbres, cereales integrales, pescado, frutos secos y aceites vegetales en cantidades moderadas. También aconseja limitar productos ultra procesados con alto contenido de azúcares, grasas saturadas y sal.
El alcohol merece una atención específica. El exceso puede causar acumulación de grasa en el hígado y coexistir con trastornos metabólicos. Quienes tienen un diagnóstico de hígado graso deben consultar con su médico sobre la conveniencia de evitarlo por completo o establecer límites, de acuerdo con el grado de lesión hepática y otros factores clínicos.








