Lima, 25 de septiembre.- La psicóloga Joselina Acuña alertó sobre los riesgos de la ira acumulada cuando se descarga sobre padres, parejas u otros familiares. Según explicó, la cercanía afectiva puede llevar a que algunas personas actúen con menos control en el hogar y expresen el malestar mediante gritos, insultos o agresiones físicas.
La especialista señaló que el problema no se limita a un episodio aislado. La frecuencia, la recurrencia y la intensidad de los estallidos son factores que permiten establecer cuándo resulta necesario buscar orientación profesional. Si una persona siente que explota todos los días o nota que esas reacciones aumentan, la consulta con un especialista puede ayudar a identificar el origen del malestar.
Acuña también cuestionó la falta de propuestas de salud mental en las exposiciones de candidatos a la alcaldía de Lima Metropolitana. En una entrevista radial, planteó la necesidad de que los municipios establezcan rutas de evaluación y prevención para quienes atraviesan ansiedad, depresión u otras dificultades y no saben a dónde acudir.
La ira suele formarse a partir de tensiones que no siempre se expresan en el momento en que aparecen. El tránsito, una jornada laboral extensa, los conflictos de convivencia, las preocupaciones económicas o la falta de descanso pueden aumentar la irritabilidad. Al llegar a casa, ese cúmulo puede dirigirse hacia quienes están más cerca.
Para Acuña, esa dinámica se relaciona con una percepción equivocada de confianza. La persona puede sentir que tiene un margen mayor para responder de forma impulsiva ante familiares o parejas, como si el vínculo le concediera un permiso para ser hiriente. “La confianza puede dar un falso derecho a lastimar”, advirtió al referirse a expresiones verbales y acciones que dañan a otros.
El fenómeno también aparece fuera del entorno doméstico. Discusiones entre conductores, pasajeros, peatones o personas que comparten espacios públicos pueden responder a una carga emocional previa. La situación inmediata puede funcionar como detonante, aunque el origen del enojo esté en molestias acumuladas durante horas, días o semanas.
La psicóloga sostuvo que la ira no debe tratarse como una emoción que se pueda eliminar por completo. El objetivo consiste en reconocerla antes de que alcance un nivel que dificulte el control de las palabras y las acciones. Para ello, recomendó prestar atención a manifestaciones físicas como palpitaciones, sudoración, tensión muscular, dolor de cabeza o cambios en la respiración.
Esas señales pueden indicar que una persona necesita detenerse por unos minutos. Acuña sugirió comunicar esa decisión a quienes se encuentran cerca para evitar que la distancia se interprete como indiferencia o abandono. “Mamá, papá, dame un momento. Me voy a los servicios”, ejemplificó al describir una forma de tomar distancia sin romper el diálogo.
El contacto con el agua, una ducha, mojarse el rostro, escuchar música, comer algo o recurrir a estímulos sensoriales pueden reducir la intensidad emocional. La finalidad de estas medidas no es negar el enojo, sino bajar su nivel para que la persona pueda pensar con mayor claridad. Una pausa puede evitar que una molestia termine en una agresión, aunque no resuelve por sí sola aquello que la provocó.
La especialista planteó que el manejo de la ira requiere revisar las condiciones cotidianas que sostienen el cansancio. Una rutina dominada por el trabajo durante el día y la noche, sin momentos de recuperación, puede favorecer reacciones desproporcionadas ante situaciones menores. Dormir pocas horas o descansar mal también puede afectar la tolerancia frente a la frustración.








