Buenos aires, 13 de septiembre.- Entre los 15 y los 25 años Rita M. tuvo varios novios. Vivía en San Isidro, provincia de Buenos Aires, dentro de una familia numerosa y católica practicante. Su padre era marino, su madre profesora de historia y la enviaban, como a sus otras hermanas, a un colegio de monjas. Todos estos detalles marcaron a fuego su vida.
En las clásicas fiestas de 15, durante tercer año del colegio, asomó el primer candidato firme para un noviazgo: Martín (16). Besos en la oscuridad entre luces de colores y música ensordecedora. Fue más de una vez, quizá tres, cuenta ella. Iban los dos con sus hormonas a pleno, pero sin demasiada conversación. Era el lenguaje del desconocimiento. Eran tan chicos que la historia se desvaneció sin lágrimas ni despedidas. Simplemente llegó el verano y dejaron de verse. El segundo hombre con el que interactuó sentimentalmente fue durante un curso de estudios para poder entrar a la facultad. Con Enrique hubo besos más serios, intensidad y muchas manos extraviadas por debajo de la ropa. Salieron durante dos o tres meses, pero después él dejó la carrera que pensaba estudiar y se volvió a su provincia. Tampoco fue dramático. No lo volvió a ver hasta veinte años después y fue él quien la reconoció a ella.
Al tercero, Rodrigo, lo conoció por el hermano de una amiga. Rita, esta vez, avanzó más segura y coqueteó con el “peligro” del sexo. Rodrigo era dos años más grande que ella, chamuyero y muy lanzado físicamente. Estuvieron yendo y viniendo casi un año. Él insistía con que quería más que besos y traspasaba sus límites cada vez que ella dejaba un hueco. A cada negación de Rita, Rodrigo le decía que “el físico estaba para dar placer no para que se oxidara sin uso…”
“Lo que pasó fue que yo no decía que no tajantemente. Quería seguir adelante, pero las normas sociales, las reglas morales con las que me habían educado, eran como una barrera que me impedía disfrutar del momento. Estaba todo el tiempo pensando cómo lo iba a frenar en ese minuto en el que ya no hay vuelta atrás. Tenía mucho miedo de ceder y ¡quedarme embarazada! No me cuidaba porque se suponía que no era algo que podía ocurrir. Mis principios temblequeaban. Mis amigas ya sabían muy bien de métodos anticonceptivos y la mayoría ya había debutado sexualmente. Yo estaba lejísimos de ese punto. No me sentía preparada. Rodrigo empezó a cansarse y yo temía permitir que se desatara el fin del mundo. No sé, eran cosas de una chica de veintitantos, un poco aniñada”, relata Rita.
Pensó en hablarlo con sus amigas más cercanas, pero le dio vergüenza: “Algunas ya me habían dado a entender que yo les parecía de mente demasiado cerrada. La cosa era que me sentía insegura, no me animaba e incluso me preguntaba si moralmente estaba bien. Tampoco sabía si eso que sentía era calentura o si estaba realmente enamorada”.
Al tiempo, Rodrigo conoció a otra chica y dejó de insistir. Rita ya tenía 22 y acababa de entrar a trabajar a una multinacional: “No me dolió dejar de estar de novia con él. Fue muy raro porque te diría que sentí alivio en no tener que seguir tironeada por el asunto sexual”.
Entre el estudio y su trabajo su agenda estaba llena. No le quedaba demasiado tiempo libre.
Siguieron dos años intensos. Se recibió y consiguió que le dieran un buen puesto en recursos humanos de la compañía. Puso ahí toda su energía y creció mucho y rápido.
A los 26 ya viajaba por todos lados. Por placer y por la empresa. Se le abrió el mundo y la atrapó.
Fue como a los 27 o 28 años que, en Italia, conoció a un chico de la misma empresa. Se enamoró. Por un tiempo soñó con que podía ser, pero vivían tan lejos que terminó pensando que era una relación imposible. Dos viajes separados por tres meses, un curso de italiano intensivo, sueños que compartían… Pero ninguno pensaba seriamente en mudarse al país del otro. Pietro era tan religioso como ella así que no la presionó para avanzar físicamente y la pasión se diluyó antes de consumarse. La distancia hizo el resto. Adiós Pietro.
“No me iba a acostar con un tipo que no lo iba a ver seguido ni tenía un proyecto sólido. Me parecía disparatado. ¿Si la cosa no funcionaba? ¿Si tenía un accidente y quedaba embarazada de este joven italiano viviendo en la Argentina? Mi cabeza siempre mandó sobre mi cuerpo. Directamente decidimos que no y listo. La relación pasó a la historia”, hace memoria.
Rita volvió a concentrarse en su desempeño y en el disfrute de los viajes con amigas.








