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Desde Nueva York, que desbanca a San Francisco como ‘verdadera’ capital de Silicon Valley, hasta el Canal de Panamá que se suma al Estrecho de Ormuz para liar la economía mundial

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Nueva york, 13 de septiembre.- ¿Qué ciudad es la capital mundial de la tecnología? La respuesta cae por su propio peso, ¿verdad? San Francisco, obviamente. Pues va a ser que no. La capital mundial de Silicon Valley es… la capital de Wall Street. O sea, Nueva York. Según la inmobiliaria CBRE, que también sigue el mercado laboral -especialmente, de gente bien pagada, como los techies- Nueva York tiene ya un 4,9% de trabajadores en el sector tecnológico más que San Francisco. Es una transformación que parece que va continuar, en parte porque la industria tecnológica cada día está más deslocalizada, y, también, porque el sector financiero está empezando a contratar a más y más ingenieros, expertos en programación y, ahora, en Inteligencia Artificial (IA). De hecho, entre las ciudades de América del Norte con más trabajadores tecnológicos hay algunas sorpresas, como Washington (la cuarta, tras Nueva York, San Francisco y Seattle) o las canadienses Vancouver y Toronto.

Argentina es un imán para Silicon Valley. Primero fueron Peter Thiel y su marido, que se mudaron a Buenos Aires, aunque lo hicieron por temor a, literalmente, una rebelión de las masas en el mundo desarrollado (aparentemente, piensan que los argentinos son más pacíficos). Con ellos van los centros de datos, pero no a la capital, sino a la Patagonia. Vaca Muerta, el yacimiento de petróleo expropiado a Repsol en 2012, va a suministrar energía a un dentro de datos que la eléctrica local Pampa Energía está planeando construir. OpenAI (la empresa de ChatGPT) ya tiene un acuerdo con la eléctrica Sun Energy para una inversión de 21.500 millones de euros en centros de datos patagónicos. En un momento en el que la oposición a esas estructuras crece en EEUU y Europa, la Argentina que preside Javier Milei, con su energía abundante y un Gobierno al que no le preocupa el enorme gasto de agua de esas instalaciones, es el lugar perfecto para los centros de datos.

«El futuro es Texas», proclamó en su número especial de Navidad de 2002 The Economist. Hacía ocho años que el Partido Demócrata había perdido el control de ese estado -a manos de George W. Bush, entonces presidente de EEUU-, marcando el inicio de una evolución política y económica que para la revista británica era modélica. Ahora, con su instinto para el espectáculo, Donald Trump acaba de celebrar en Texas una Convención política parar tratar de revitalizar las bases republicanas con vistas a las elecciones legislativas de noviembre. Es un buen momento para preguntarse qué clase de futuro ha sido Texas en comparación a, por ejemplo, España. Una posible respuesta se plantea en el gráfico de esta página. Texas arrasa en crecimiento económico y PIB per cápita. Pero sus cifras en cuestiones como el poder adquisitivo de los salarios y mortalidad materna e infantil son, lisa y llanamente, africanas, y están, además, yendo a peor a velocidad de vértigo.

En 1953, el programa de EEUU ‘Átomos para la Paz’ incluía, entre otras iniciativas, la venta de más de 30 reactores nucleares a países en desarrollo. No era una venta comercial, sino una manera de establecer lazos políticos y estratégicos. En 2026, Donald Trump está creando, sin darse cuenta, su programa ‘Microchips para la Paz’, al ofrecer microprocesadores de Inteligencia Artificial (IA) de Nvidia a Armenia para que ese país acceda a un preacuerdo de paz con Azerbaiyán, y a Arabia Saudí y Emiratos con el fin de rebajar las tensiones entre esos dos aliados clave en Oriente Medio. Así que la IA parece cada vez más la energía nuclear del siglo XXI (para bien y para mal, dado el temor a que esa tecnología acabe ocasionando alguna catástrofe impredecible), como ratifica la posible ‘cumbre’ sobre esa tecnología entre China y EEUU la semana que viene, que viene recuerda a las que tenían Washington y Moscú sobre armas atómicas durante la Guerra Fría.

En inglés, decir «yo no me enfado, yo me vengo», suena mucho mejor que en español porque es un juego de palabras: «I don’t get mad; I get even». Ésa fue la expresión del ministro canadiense de Recursos Naturales (o sea, minería, energía y recursos forestales) Tim Hodgson para referirse a EEUU. Ambos países están inmersos en una guerra comercial en la que Ottawa, en lo que es un caso único desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca, ha decidido responder a Washington, literalmente, golpe por golpe, lo que ha puesto sobre el tapete una cuestión fundamental en la economía mundial de hoy: los minerales críticos, imprescindibles para cualquier tecnología. El propio primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha insinuado que no descarta en el futuro limitar la cooperación con EEUU en esas materias primas. Si Trump ve recortado el acceso a los minerales críticos canadienses, se habrá metido un gol en propia puerta de los que hacen época.

Un día son los hutíes en el Estrecho de Bab el-Mandeb. Otro, los iraníes o los estadounidenses en Ormuz. Y, ahora, es ‘El Niño’ en el Canal de Panamá. El fenómeno meteorológico que se inicia en Chile y Perú y que acaba trastocando el clima en toda la Tierra. En 2026 ya ha causado una bajada de las precipitaciones del 34% en el Canal de Panamá, que depende del agua de lluvia para funcionar. El resultado es que el jueves, el número de barcos que cruzan esa vía de agua se redujo de 36 a 34 diarios. Pasado mañana, martes, bajará a 32. Eso supone un descenso conjunto del 11%. Es probable que el tráfico caiga hasta los 27 navíos, un 25% menos de lo normal. Eso supondría que más del 1,25% del tráfico marítimo global debería ser desviado, lo que podría tener consecuencias en la inflación mundial y, especialmente, estadounidense, dado que el 70% del tráfico del Canal se origina o termina en ese país: más inflación en EEUU puede afectar a la Reserva Federal y a la deuda mundial.

Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo

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