Ottawa, 14 de septiembre.- Poco después de que Canadá y Estados Unidos se vieran envueltos en la peor guerra comercial bilateral de su historia moderna, los teléfonos seguros de los principales líderes europeos se iluminaron con una llamada transatlántica. Mark Carney presionaba para llevar la relación de Canadá con la UE a un nuevo nivel: una audaz maniobra para recablear los cimientos económicos de la alianza occidental.
Durante meses, el primer ministro canadiense había mantenido conversaciones privadas con prácticamente todos los grandes mandatarios europeos —desde Francia e Italia hasta Alemania y Escandinavia, e incluso con miembros de la realeza menos conocidos del continente— sobre cómo integrar de forma más profunda a Canadá y a sus 41 millones de habitantes en el club de los 27.
Ahora, Carney aceleraba el viraje de Canadá hacia Europa, orquestando un matrimonio de conveniencia a marchas forzadas para mitigar el dolor de su divorcio con Estados Unidos. En la práctica, la amenaza de convertir a Canadá en el estado número 51 está empujando al vecino del norte de EEUU tan cerca de Europa que algunos mandatarios han comenzado a apodarlo, medio en broma, el miembro más reciente de la UE.
Carney ha ordenado a su enviado especial a Europa que explore las opciones más ambiciosas posibles sin llegar a la adhesión plena a la UE ni a su mercado común, según fuentes conocedoras del asunto. Los grupos de trabajo técnicos todavía están perfilando los detalles de lo que el primer ministro ha trasladado a sus asesores: la reorientación de una economía y una sociedad dominadas durante medio siglo por EEUU.
Ante los líderes europeos, Carney ha llegado a plantear que Canadá adopte un nuevo estatus: «Miembro Asociado de la Unión Europea». La UE, poco propensa a la flexibilidad a la hora de aplicar sus normas de adhesión, está abierta a la idea, según altos cargos de ambas partes.
Junto a los emisarios oficiales de Carney se encuentran asesores informales procedentes del mundo financiero y político. Varios de ellos son compañeros de un club de lectura en Ottawa al que él ya no tiene tiempo de asistir y bromean diciendo que se rigen por las normas de la película El club de la lucha: «La primera regla del Club de Lectura —comentaron varios al Journal— es que no se habla del Club de Lectura».
El resultado de meses de conversaciones: las autoridades europeas y canadienses buscan fórmulas para que Canadá se acople de manera informal al mercado único europeo, valorado en 21 billones de dólares, en cadenas de suministro estratégicas como la energía, la inteligencia artificial, los minerales críticos para baterías y semiconductores y, con carácter más urgente, la defensa.
En la práctica, los bienes, servicios y trabajadores canadienses de estos sectores podrían llegar a circular sin trabas entre Europa y el vecino septentrional de EEUU, desdibujando los límites de las fronteras económicas de la UE. En las conversaciones con Francia, cuyo presidente, Emmanuel Macron, habla a menudo con Carney, se ha barajado incluso eximir de visado a los canadienses para vivir y trabajar en Europa, según dos diplomáticos al tanto de los contactos.
Ambas partes negocian el tendido de cables submarinos para conectar Europa y Canadá, así como la construcción conjunta de centros de datos, almacenamiento en la nube y nuevas redes de satélites al margen de los gigantes tecnológicos estadounidenses. Carney está impulsando la instalación de los gasoductos que Canadá necesita para redirigir el gas —habitualmente bombeado hacia la frontera estadounidense— a aliados europeos que todavía tratan de reemplazar la energía rusa. Según su visión, los rompehielos abrirían una ruta en el Ártico para que los fertilizantes canadienses naveguen hacia el este a través del Paso del Noroeste, que durante siglos atrajo a exploradores a los mares polares.
Canadá y la UE pretenden asimismo interconectar sus instituciones de investigación para crear una red de producción científica capaz de competir con el sistema universitario estadounidense. Carney también insiste en sumarse a los programas de intercambio estudiantil de la UE, con la esperanza de que una generación de europeos y canadienses curse estudios universitarios en ambos territorios.








