Redacción, 3 de octubre.- Bogotá comenzó a cambiar mucho antes de que las luces del estadio El Campín se apagaran. Desde varias horas antes del concierto, los alrededores del escenario se llenaron de personas que caminaban con una misma dirección y con algo en común: llevaban años esperando ese momento.
BTS estaba por primera vez en Colombia y, desde el camino hacia el estadio, ya era posible entender que no se trataba de una noche cualquiera.
La presencia de los fans se reconocía desde varias cuadras antes. Muchas jóvenes llegaron con outfits inspirados en las canciones y los álbumes de la banda surcoreana, con colores, brillos y prendas relacionadas con el estilo del K-pop. Algunas llevaban detalles en rojo y negro, otras habían preparado su ropa a partir de referencias a la agrupación y varias aprovechaban la espera para tomarse fotografías.
Pero entre ese colorido también aparecía una escena distinta. Padres que acompañaban a sus hijas compartían las filas con grupos de jóvenes y amigas que habían llegado juntas al concierto. Algunos esperaban tranquilamente mientras ellas hablaban de las canciones, revisaban sus teléfonos o buscaban el mejor momento para una selfie. La diferencia de edades no impedía que todos terminaran haciendo parte de la misma espera.
Las filas para entrar a las diferentes tribunas eran largas y, durante ese tiempo, las Army –nombre del fandom– también compartían entre ellas algunos detalles que habían preparado para la ocasión. Manillas, fotografías, diseños y otros obsequios pasaban de una persona a otra. Todos eran gratuitos y estaban hechos con cuidado, desde la elección del diseño hasta la forma en que eran entregados. Era otra manera de llevarse un recuerdo del concierto, incluso antes de que comenzara.
Entre las personas que esperaban también había quienes no conocían demasiado de BTS, como nosotros, dos periodistas que estaban en el lugar y apenas sabíamos un par de canciones de la banda, pero bastaba con permanecer unos minutos entre el público para entender la dimensión de lo que estaba por suceder.
Las canciones sonaban, las personas hablaban de los integrantes y las ARMY repetían una frase que explicaba parte de la relación que tenían con la agrupación: “Ellos nos salvaron”.
BTS había conseguido que canciones en coreano y en inglés llegaran a personas de diferentes países y edades. Esa noche, además de los colombianos, había ecuatorianos, costarricenses, venezolanos, brasileños, mexicanos y asistentes de otras nacionalidades que viajaron hasta Bogotá para verlos.
Cuando finalmente llegó la hora de entrar, otro elemento llamaba la atención: el escenario.
Quienes habían seguido a BTS durante años a través de una pantalla ahora tenían frente a ellos una estructura de 360 grados instalada en la mitad de El Campín. Había espacio para que el público pudiera ver a los siete integrantes desde diferentes sectores y grandes pantallas superiores que permitían seguir sus movimientos incluso desde los lugares más alejados.








