Santa Clara, California, 9 feb.— El Super Bowl LX no solo fue uno de los eventos deportivos más esperados del año, sino también un punto de inflexión cultural. El show de mediotiempo, encabezado por Bad Bunny, ofreció un espectáculo de alto impacto en el Levi’s Stadium, marcando un antes y un después para la música latina en la historia de la NFL durante el descanso del duelo entre los New England Patriots y los Seattle Seahawks.
Desde su primera aparición en escena, el artista puertorriqueño dejó claro el tono del espectáculo. “¡Qué rico es ser latino!”, proclamó Bad Bunny ante decenas de miles de asistentes y millones de espectadores en todo el mundo. La frase funcionó como manifiesto de un show que combinó identidad cultural, mensaje político y despliegue visual, en un formato pensado como un videoclip en vivo con imágenes pregrabadas y coreografías sincronizadas sobre el césped.
El espectáculo arrancó en un sembradío montado en el campo de juego, una escenografía que evocó raíces y tradiciones latinoamericanas. Vestido de blanco y con un balón de fútbol americano en las manos, Bad Bunny interpretó “Tití me preguntó”, dando paso a una sucesión de colaboraciones que elevaron el impacto del show. Cardi B y Karol G se sumaron en “Yo perreo sola”, mientras que figuras como Jessica Alba, Pedro Pascal, Alix Earle y Young Miko tuvieron apariciones especiales.
Uno de los momentos más comentados llegó con la irrupción de Lady Gaga, quien interpretó “Die with a smile” con un giro sonoro de inspiración latina, reforzando el carácter híbrido del espectáculo. A nivel simbólico, el show alcanzó su punto más emotivo cuando el cantante se dirigió a su “yo” infantil: “Nunca dejé de creer en mí”, dijo antes de que un Benito niño apareciera frente a una televisión, recibiendo de sus manos el Grammy recientemente ganado.
La carga política y social no estuvo ausente. Ricky Martin interpretó un fragmento de “Lo que le pasó a Hawaii”, con referencias explícitas a la identidad y la resistencia cultural. Banderas de Puerto Rico inundaron las gradas mientras el público respondía con una ovación cerrada. “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, remarcó Bad Bunny, antes de cerrar con un mensaje de unidad continental, mencionando a todos los países de América y denunciando la discriminación. El final llegó con “Debí tirar más fotos”, acompañado por todos los bailarines y una consigna clara: “Seguimo’ aquí”.
Bad Bunny —Benito Antonio Martínez Ocasio— regresó así al escenario del Super Bowl tras su participación en 2020 junto a Shakira y Jennifer Lopez. En esta ocasión, lo hizo como figura central, confirmado desde septiembre de 2025 luego de consolidar su impacto global con el álbum Debí Tirar Más Fotos, que le valió tres premios Grammy, incluido Álbum del Año, con un trabajo profundamente ligado a Puerto Rico.
Más allá del espectáculo artístico, el Super Bowl LX volvió a demostrar su peso económico y mediático. Ser sede del evento implica inversiones cercanas a los 100 millones de dólares en alojamiento, seguridad, producción y servicios. La elección de Santa Clara, en el corazón de Silicon Valley, respondió también a la intención de capitalizar la proyección tecnológica y global del evento.
El show de mediotiempo del Super Bowl se ha convertido en una de las plataformas más codiciadas del entretenimiento mundial. Desde la actuación de Coldplay con Beyoncé y Bruno Mars en 2016, han pasado por ese escenario figuras como Lady Gaga (2017), Justin Timberlake (2018), Maroon 5 (2019), el histórico show latino de Shakira, Jennifer Lopez y Bad Bunny (2020), The Weeknd (2021), el homenaje al hip hop con Dr. Dre, Snoop Dogg y Eminem (2022), Rihanna (2023), Usher (2024) y Kendrick Lamar junto a SZA (2025). La edición 2026 confirma una tendencia clara: la música latina ya no es invitada, es protagonista.
El mediotiempo también es el epicentro del negocio publicitario. NBC Universal informó que el precio mínimo de los anuncios durante la transmisión del partido alcanzó los 10 millones de dólares, mientras que un espacio promedio de 30 segundos ronda los 8 millones, según datos citados por Bloomberg y ESPN. En ese contexto, el show de Bad Bunny no solo fue un evento cultural, sino una demostración de poder simbólico y comercial en la vitrina más vista de la televisión estadounidense.



