WASHINGTON DC, 20 ENERO.- Joe Biden presto juramento el miércoles al mediodía para convertirse en el 46to presidente de Estados Unidos, tomando el timón de un país profundamente dividido y heredando una confluencia de crisis mayor que la enfrentada por ninguno de sus sucesores.

La propia ceremonia en la que el poder presidencial es transferido, una sagrada tradición democrática del país, servirá de recordatorio discordante de los retos que Biden enfrenta: la investidura se realiza en un Capitolio que lleva las marcas de un sitio hace apenas dos semanas, rodeada por fuerzas de seguridad similares a las de una zona de guerra y sin muchedumbres debido a la pandemia de coronavirus.

Quédense en casa, se les dijo a los estadounidenses, para prevenir una mayor diseminación del virus que cobrado más 400.000 vidas en Estados Unidos. Biden mirará una capital salpicada por tiendas vacías que reflejan el profundo efecto económico de la pandemia y en la que protestas en el verano ejemplificaron la renovada lucha en la nación contra la injusticia racial.

Biden no será aplaudido — muy probablemente ni siquiera será reconocido — por su predecesor.

Desdeñando la tradición, Donald Trump partió de Washington el miércoles por la mañana antes de la investidura en lugar de acompañar a su sucesor al Capitolio. Trump, quien será sometido a un segundo juicio político, se despidió animando a sus partidarios con la mentira de que la victoria de Biden fue ilegítima.

Biden, en su tercera contienda por la presidencia, centró su candidatura menos en una ideología política específica y más en unificar una coalición de votantes alrededor de la noción de que Trump representaba una amenaza existencial para la democracia del país. En su primer día, Biden tomará una serie de acciones ejecutivas — sobre la pandemia, el clima, la inmigración y más — que buscan deshacer el corazón de la agenda de Trump.