Madrid, 26 de octubre.- Ganó el mejor, no el más bonito y este resumen empieza a repetirse demasiado para el colorido Barça de Hansi Flick cuando se enfrenta a equipos de su nivel. Como el curso pasado, va a ganar la Liga, no tengo dudas, pues va a ir de goleada en goleada en los 34 partidos que no le enfrentan a Madrid y Atleti, pero sufrirá como un condenado en cada cruce con otros pesos pesados, que, a diferencia de los azulgrana, saltan al campo más preocupados por ganar un partido que por colgar en el Louvre.
Mourinho, al que el empate ya le iba bien, no perdió la media sonrisa de viejo zorro excepto un tramo de zozobra tras el empate de Raphinha. El clásico fue el que habría dibujado, pero ni siquiera necesito desenfundar los lápices. Ya lo hizo Flick por él. El alemán es un flamante Lamborghini que sólo funciona con marchas largas. Eso le hace perfecto para ir a 200 por autopistas de largas rectas y tres carriles, pero lo convierte en inconducible cuando hay curvas y baches. No tiene plan B porque considera una vulgaridad adaptarse a sus rivales, cosa que estos agradecen: saben perfectamente a lo que van a enfrentarse, a un equipazo… previsible.
El Madrid, que afronta el tercer año de su testarudo experimento de jugar sin centrocampistas de verdad, sabía que el Barça iba a hacer lo único que podía igualar el duelo: ofrecerle infinitas hectáreas de césped vacío para lanzar a correr a sus, estos sí, magníficos atacantes. El 0-1 fue un accidente, pero si los de Mou están un poquito más finos en los minutos bisagra de ambas partes, se ponen 0-4 a base de estampidas (el palo de Mbappé, el mano a mano de Diomande y el dos contra uno mal llevado por Bellingham). Un equipo serio no puede dar constantemente esas facilidades a adversarios poderosos y no es un accidente, es una decisión.
El único equipo que puede ganarlo todo poniendo siempre él las reglas es el PSG de Luis Enrique, que ya explicó entre semana la diferencia entre un cuadro y un boceto. Como espectador neutral es muy divertido ver al Barça, se le agradece la apuesta ética y estética, pero le queda bastante para alcanzar la perfección que exige ganar una Champions con esa única idea. Flick ha sido la solución en tiempos complejos, pero es lícito empezar a preguntarse si, para dar el siguiente paso, no se ha convertido en el problema.








