Redacción, 26 de octubre.- Una siesta breve puede aliviar el cansancio y ayudar a recuperar la alerta durante la tarde. Pero su efecto depende de la duración y del horario: si se prolonga demasiado o se toma tarde, puede interferir con el sueño nocturno.
Los especialistas en medicina del sueño recomiendan planificar ese descanso y evitar que alcance las etapas profundas, ya que despertar en ese momento suele causar aturdimiento.
La siesta no reemplaza una noche de buen descanso. La mayoría de los adultos necesita dormir entre siete y nueve horas, y una pausa durante el día no corrige de manera sostenida una rutina con pocas horas de sueño o con despertares frecuentes. Aun así, puede servir después de una noche excepcionalmente corta, una jornada extensa o un momento de somnolencia puntual.
La Mayo Clinic indica que puede favorecer la relajación, reducir la fatiga y mejorar el estado de ánimo, la atención, la memoria y la rapidez de reacción. Estos efectos son temporales: si el cansancio aparece cada día, la prioridad es revisar cómo se duerme por la noche.
No todas las personas obtienen el mismo resultado. Quienes tienen insomnio o problemas para mantener el sueño nocturno pueden notar que una siesta, sobre todo si es extensa o tardía, hace más difícil conciliar el sueño al final del día. Otras personas simplemente no logran dormir fuera de su horario habitual y no tienen por qué incorporar este hábito.
También conviene prestar atención a una necesidad nueva o creciente de dormir durante el día. Levantarse cansado tras haber dormido suficientes horas, sentir sueño al conducir o no poder sostener las actividades cotidianas sin una siesta son señales para consultar a un profesional.
La neuróloga Nancy Foldvary-Schaefer, especialista en medicina del sueño de Cleveland Clinic, advierte que las siestas largas o frecuentes pueden afectar el descanso nocturno. Si la necesidad de dormir durante el día se vuelve persistente, conviene consultar a un profesional, ya que puede relacionarse con falta de sueño, medicamentos, insomnio u otros trastornos, como la apnea obstructiva del sueño.
Para los adultos con horarios diurnos, las recomendaciones se concentran en pausas breves: cerca de 20 minutos y, en general, de no más de 30. En ese lapso suele predominar el sueño ligero, que permite recuperar parte de la atención sin llegar con tanta facilidad a las fases más profundas, de las que cuesta más despertar.
Una siesta más larga no garantiza una mayor sensación de descanso. Si la persona se despierta durante el sueño profundo, puede sufrir inercia del sueño, es decir, un período breve de lentitud, confusión o dificultad para concentrarse. La Mayo Clinic informa que esa sensación de aturdimiento puede durar hasta 35 minutos después de despertar.
Dentro de ese margen, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos aconsejan a quienes trabajan de día intentar dormir menos de 20 minutos y programar una alarma para levantarse entre 15 y 30 minutos después de acostarse. Según ese organismo, una pausa corta puede aumentar la alerta durante unas horas y suele dejar menos pesadez al despertar.








