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Francia: del Mayo del 68 a la épica del caos

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Redacción, 19 de octubre.- Aquel Mayo del 68 fue el retorno de la agitación callejera, pero también estuvo envuelto en cierto romanticismo y en la recuperación de una épica política. Los estudiantes salían a las calles a conquistar espacios de poder -antes de que se inventara esa estúpida palabra, “empoderarse”- y el objetivo era desafiar a Charles de Gaulle, su concepción autoritaria del poder y el conservadurismo de una Francia que parecía resistirse al cambio. A ello se sumaba el repudio a la guerra de Vietnam, que inscribía aquella rebelión en una causa de alcance universal. Las fotos de la época -sin quererlo- eran a favor de los manifestantes.

Visto con cierta perspectiva, aquel movimiento tenía, incluso, algunos puntos de interés. Los estudiantes marchaban junto a los obreros y contaban con el respaldo de una constelación de intelectuales prestigiosos que aportaban ideas, legitimidad y una poderosa capacidad de agitación. Recordar a Jean Paul Sartre es imperioso.

Hoy el fenómeno es parecido y, al mismo tiempo, profundamente distinto. Hay mucho más vértigo y mucha menos elaboración ideológica. Toda época es ideológica, desde luego, pero la nuestra ha sustituido buena parte de la reflexión por la imagen, el argumento por la consigna y la complejidad por el impacto visual. De ahí su carácter cada vez más esquemático, confuso y explosivo.

Seamos claros: las izquierdas saben fogonear movilizaciones tanto como las derechas. Pero las izquierdas radicales poseen una destreza histórica para detectar la ira, la cólera y la insatisfacción social, y convertirlas en combustible político. Son hijas de la revolución. Llevan incorporado, en su disco duro, el reflejo de la insurrección, esa pulsión que las empuja a encontrar en las calles una épica que ya no consiguen construir desde las ideas.

La izquierda radical francesa sabe, además, que una nueva derecha, remasterizada y políticamente más eficaz, avanza hacia el poder. Sabe también que el poder actual es claudicante. Francia tiene hoy un presidente que conserva la solemnidad de la investidura, pero cuya autoridad política parece agotarse en el ejercicio formal del cargo. Y comprende que, ante la perspectiva de una derrota histórica, la invocación del fascismo puede convertirse en su último recurso para intentar detener lo que se avecina. Siempre la teoría del enemigo, siempre.

La operación es conocida: cuando las ideas ya no alcanzan, se recurre al miedo. Y cuando el miedo tampoco basta, la calle vuelve a ocupar el centro de la escena.

Por cierto, las movilizaciones contemporáneas no necesariamente requieren sofisticadas organizaciones clandestinas ni complejas estructuras de agitación. Bastan algunos agitadores digitales, una buena dosis de alienación -en el sentido marxista del término-, una sociedad predispuesta al resentimiento y el momento oportuno. Las redes sociales hacen el resto. Operan como un gigantesco flautista de Hamelín: convocan, arrastran, amplifican y conducen, muchas veces sin que quienes siguen su melodía adviertan hacia dónde se dirigen.

Lo que ocurre en París rara vez termina en París.

Francia ha perdido buena parte de su condición de potencia de primer orden. Sin embargo, conserva una influencia singular: sigue siendo uno de los grandes laboratorios políticos, culturales e intelectuales de Europa. Lo que allí sucede se observa, se interpreta y, con frecuencia, se reproduce en otras sociedades. Por eso conviene prestar atención. Lo que hoy vemos en Francia puede anticipar fenómenos que mañana se manifestarán en otras latitudes.

Son las consecuencias de sociedades cada vez menos cohesionadas, atravesadas por una fragmentación persistente y por décadas de fracasos en sus políticas de integración y de respuestas económicas básicas. Francia permitió la consolidación de barrios segregados, de comunidades que, incluso después de varias generaciones, no siempre encontraron una pertenencia efectiva a la nación francesa sino que la identidad de origen es lo que primó. En demasiados casos, el territorio ofreció oportunidades materiales sin conseguir construir una identidad compartida.

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