Redacción, 11 de octubre.- Pocos filósofos ha habido en la historia de España con la relevancia que en su día llegó a tener José Ortega y Gasset. Leído en todo el mundo, este intelectual contribuyó al pensamiento del siglo XX con una visión renovadora de un mundo en plena transformación a través de obras como La rebelión de las masas o Meditaciones del Quijote. Sin embargo, su carrera no se limitó a las teorías más académicas, sino que también mantuvo siempre un firme compromiso con la realidad política de su país.
Convencido de que la cultura debía transformar la sociedad, intervino activamente en el debate público y la construcción republicana. Por eso, se convirtió también en un prolífico columnista que dejó sonados textos analizando la coyuntura política española. De su pluma surgieron textos célebres como Delenda est monarchia, clave para la instauración de la Segunda República, que mostraban una y otra vez su empeño en agitar conciencias y fomentar un espíritu crítico frente a los dogmas impuestos.
En la misma línea, una de sus frases más conocidas la escribió no en un periódico, sino en el prólogo de la edición francesa de La rebelión de las masas: “Ser de la izquierda es, como lo es ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.
Con esta sentencia, el filósofo español alertaba contra la atrofia del pensamiento que, a su juicio, conllevaba encasillarse en una ideología. Cuando una persona incurre en esto, limita la capacidad de análisis y convierte sus ideas en un dogma cerrado. De ahí uno de los conceptos clave de su pensamiento: el de la hemiplejía moral, que se da en el momento en el que abrazamos ciegamente un bando, anulando por tanto la otra mitad de nuestro entendimiento y de nuestra empatía, dos elementos necesarios para juzgar una realidad política que suele ser mucho más compleja de lo que parece.
La tesis enlaza con su célebre máxima “yo soy yo y mi circunstancia”, clave para comprender que la verdad exige evaluar cada situación sin apriorismos rígidos. Una idea que quizá hoy nos sería especialmente útil en mitad de un sistema tan polarizado, sobre todo en las redes sociales. Hemos confundido ideología con militancia, el diálogo con la trinchera, y el gran damnificado ha sido el matiz que permitiría, precisamente, convertir el consenso en posibilidad.
Así, la advertencia de Ortega y Gasset hace un llamado a rechazar los extremos y cuestionar las consignas propias. Esto no equivale al pasotismo. Al contrario, conmina a reivindicar la independencia del pensamiento de cada uno para que la adhesión política nunca implique sustituir el razonamiento propio, o lo que es lo mismo, la renuncia a la libertad de criterio.
Son muchos los filósofos que se mostraron enemigos públicos de la militancia ciega. El premio Nobel de Literatura, Albert Camus, abrazó con vehemencia el espíritu crítico de cada persona con esta recordada frase: “Dudo de todo, pero no de mi duda”. Para el argelino, el pensamiento libre exigía cuestionar constantemente las ortodoxias políticas que pretendían justificar cualquier medio en nombre de una causa abstracta.
No obstante, no todos los intelectuales han compartido esas ideas. A pesar de que pocos dudarían en defender el pensamiento crítico, es cierto que muchos han reflexionado sobre los riesgos de la neutralidad o la llamada equidistancia. Para ello, basta con acudir a Dante Alighieri y a su Divina Comedia: “Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral”.
Esta idea resonaría en pensadores de la época de Ortega y Gasset y posteriores. Pensemos en Antonio Gramsci o en Jean-Paul Sartre, para quien no elegir era elegir la cobardía. También en Elie Wiesel, filósofo y superviviente del Holocausto que ganaría el Nobel de la Paz y que nos dejaría esta gran advertencia: “Toma partido. La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima. El silencio alienta al torturador, nunca al torturado”. La independencia política debe ser una prioridad, pero nunca debe desligarse de la necesidad de comprometernos políticamente con nuestro tiempo.








