La habana, 10 de octubre.- Cruzarse con la mirada de un agente de migración en un aeropuerto suele ser un trámite rutinario y carente de emociones. Sin embargo, para los creadores de contenido extranjeros que pisan suelo cubano, ese cruce de miradas en el Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana se ha transformado en el preámbulo de una pesadilla claustrofóbica.
Detrás de la cálida sonrisa con la que las autoridades reciben a los turistas convencionales, opera un minucioso engranaje de inteligencia que monitorea, intercepta y quiebra la travesía de aquellos comunicadores que osan registrar la cara oculta de la isla: esa cotidianidad asfixiada por los apagones prolongados, las filas interminables por un trozo de pan y el colapso absoluto de los servicios de salud pública.
No hay violencia física explícita, pero sí una presión sistemática orientada a desarmar la moral del visitante: inspecciones exhaustivas de equipaje, confiscación de memorias digitales, revisión de mensajes privados y horas de cuestionamientos en los que la frontera entre ser un turista curioso y un “agente destabilizador” se vuelve peligrosamente difusa.
En septiembre de 2024, la pareja de realizadores peruanos Eva Cavero y Andrés Izarnótegui, creadores del canal de viajes La blue Kombi, vivió en carne propia el peso de este dispositivo de control.
Lo que inició como un viaje para registrar la cultura y los rincones de La Habana terminó abruptamente tras apenas dos días de rodaje. Al intentar continuar su itinerario, oficiales de migración los separaron de la multitud, les retiraron la documentación personal y los sometieron a un extenuante interrogatorio de 12 horas.
Durante medio día, la incertidumbre devoró cada minuto: sin acceso a llamadas, sin saber el destino de sus archivos y bajo la mirada constante de agentes que exigían explicaciones por cada toma realizada, la pareja experimentó el desamparo absoluto antes de ser deportada finalmente hacia el Perú.
La tecnología audiovisual, la herramienta fundamental con la que estos jóvenes narran el mundo, se convierte en el principal objeto de delito a ojos de la aduana cubana. En mayo de 2026, el youtuber estadounidense Nick Shirley comprobó la rigidez de esta fiscalización al aterrizar en la capital.
Lo que debía ser el comienzo de una cobertura independiente fue frenado en seco en el control de equipaje: cámaras profesionales, micrófonos de alta fidelidad e incluso visores de realidad aumentada le fueron incautados de inmediato. El mensaje implícito era contundente: en Cuba solo se permite mirar aquello que el Estado autoriza.
El acoso no solo ocurre al ingresar, sino que acecha en el último minuto, cuando el creador cree haber logrado poner a salvo sus imágenes. Ese fue el caso del influencer salvadoreño Óscar Sandoval, conocido popularmente como Gordo Soyacity.
En septiembre de 2026, Sandoval había logrado recorrer la isla, registrando en su cámara el abismal contraste entre el lujo caribeño de la zona turística de Varadero y la dolorosa precariedad de los barrios empobrecidos de La Habana.








